Terminar empezando

  -En su pecho el corazón le latía con fuerza, cortándole la respiración. Sus pies se movían por inercia, sus ojos miraban a la nada. Era un cascarón vacío. Sus errores y sus aciertos le habían conducido hasta aquel solitario puente sobre la vía del tren. No quería pensar, no podía pensar, no le quedaba nada por lo que vivir. Solo podía hacer aquello que le liberara del dolor que le doblaba por la mitad, que llenaba de lágrimas sus ojos. Se subió a la barandilla y respiró profundamente. Una fina lluvia comenzó a caer sobre él, relajó todos sus músculos, cerró los ojos, y, de pronto, escuchó un desesperado grito y algo tiró de él hacia atrás.
Cuando abrió de nuevo los ojos, se encontró tumbado en el puente y lo primero que vio fue a una joven chica sollozante y con lágrimas rodando por sus mejillas. Se miraron a los ojos, la lluvia caía furiosamente sobre ellos y en el mismo instante, sus corazones comenzaron a latir alocadamente. Se besaron y dejó de llover.

  -Estaban en una cafetería. Habían quedado para hablar. Como siempre, ella, café con leche, él, caña de cerveza. La cálida intimidad de una charla bajo las mantas de tan solo unas semanas antes, se había convertido en un abismo, simbolizado por la mesa de cristal rallado que los separaba. Ella ya había acabado su café. Estaba nerviosa. Él aún no había tocado su caña. En su cabeza revoloteaban de un lado a otro las últimas frases: “Todo se ha complicado”, “No es igual que al principio”, “Yo no puedo cargar contigo, ni con tus problemas”, “Hemos terminado”.

Ella se preguntaba si debía levantarse ya o si debería decir algo antes. Media hora después, el seguía con su mirada fija sobre la mesa, su caña intacta, y solo.

  -Hacía rato que él había dejado de preguntarse cosas como “¿Estoy haciendo el ridículo?”, “¿Puedo ganarme una bofetada?”, o “¿Cuanto he bebido ya?”. Quizá fue por eso que en cuanto vio contonearse en la discoteca unas nalgas que le eran vagamente conocidas, no dudó en ir tras ellas.

A la mañana siguiente, en una cama ajena, él pensaba, justificándola, que todo el mundo estaba de mal humor de vez en cuando, y que lo de aquel tropiezo no quería decir nada sobre ella.

Ella, ilusionada, razonaba justificándolo que él solo había sido un poco torpe, nada más.

  -Sintiendo ese júbilo propio de cuando se da el primer paso de una aventura, agarró el pomo de su puerta. Era el primer día y todo parecía trascendental. Una sonrisa de nerviosismo se dibujaba en su rostro. Abrió la puerta y sintió como le reavivaba el aire frío de la mañana. Llenó sus pulmones y dio el primer paso del resto de su vida. Paso que le llevó justo al lugar que un segundo más tarde ocuparía ella. Chocaron, y el sintió como todo su buen humor se esfumaba, le lanzó una mirada gélida, y ella le dijo con un tono de reproche: “Mira por donde andas”. Y siguió su camino. El se giró para responderle, pero en su lugar se entretuvo unos segundos admirando el contoneo de su trasero.

Silvestre Santé

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13 thoughts on “Terminar empezando

    1. Hola carlosfmedina97. Simplemente estamos difundiendo nuestro blog a la mayor cantidad de blogs posibles y estamos siguiendo a practicamente todo el mundo y nos cruzamos con tu blog como uno más, simplemente. Pero si no quieres que te sigamos, no te seguimos y listo, sin problema

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