Miranda

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El viento del Atlántico soplaba fuerte esa noche. Fuerte y frío. Le desordenaba el pelo, le ponía la piel de gallina y la hacía tiritar, aún a pesar de estar aovillada. Estaba llorando, y las lágrimas le hacían tener aún mas frío, al bajar casi congeladas por su cuello.

Para ella era una sensación agradable. Al menos era una sensación. Una sensación distinta al dolor. Estaba abochornada. Después de meses de tener novio y sentirse la persona mas feliz del mundo, habían decidido dar el siguiente paso. El sexo.

Para ella no era algo importante, nunca se había sentido excitada en ese sentido. Nunca se había masturbado ni jamás sintiera necesidad de hacerlo. Pero Yago…

Lo conocía desde hacía tiempo. El estaba colado por ella. Ella lo quería mucho, se sentía bien cuando estaban a solas. Le confortaba su contacto físico, pero no sentía con el nada remotamente parecido a la atracción sexual.

A pesar de ello, un buen día, en la discoteca él se fue acercando más y más a ella. Sus cuerpos se iban juntando, sus caricias se volvieron más y más atrevidas. Al final, el la besó. Miranda se sintió bien. Se sintió aceptada. Lo veía en las miradas que sus amigas les lanzaban. Decían, bien Miranda. Por fin, ya pensábamos que nunca iba a pasar. Se sintió como una más. A pesar de ser la nota discordante por casi no salir, por no probar ni gota de alcohol, por no ser tan atractiva como las demás.

Aquel chico, Yago. Le propuso volver a verse. Miranda aceptó. Quedaron más y más veces.

Daban largos paseos a solas. Iban a las fiestas juntos. Se besaban esporadicamente. Nada más.

Por supuesto Yago, se atrevía cada vez más con sus caricias y sus besos. Miranda sabía que lo hacía con el fin de excitarla. Para que ella sintiera lo que él también sentía, pero no era así. Yago no conseguía transmitirle nada mas que una infinita ternura y amor.

Miranda se levantó sin poder soportar más el frío. Se abrigó bien con su chaqueta y comenzó a caminar de vuelta al pueblo. Muy lentamente. Le dolía mucho entre las piernas. Cada paso era un martirio. No solo por el dolor, si no también por el bochorno que le causaba lo que acababa de ocurrir.

Yago y Miranda, daban uno de sus habituales paseos. Miranda notaba a Yago más nervioso de lo normal. Se acercó a él para resguardarse del frío. Él, titubeando sacó el tema:

-Miranda- Dijo cogiendo aire- Te quiero mucho.

-Yo también te quiero, cariño- Dijo ella abrazándolo y temiéndose lo que venía a continuación.

-Oye, he estado pensando y, bueno, hoy podría ser el día.

Miranda no respondió. Ella pensaba en lo mucho que lo quería y en que todos sus amigos lo habían hecho. A todos ellos les había gustado. Pero Miranda aún dudaba. Cuando sus amigas le contaron como había sido, lo que habían sentido, ella no se había sentido nada identificada. Tenía miedo, pero las palabras de Yago acabarían por decidirla.

-Mis padres no están en casa. Tengo condones. No hay peligro.

Miranda, armándose de valor, solo le dijo una palabra:

-Vamos.

Subieron a su casa. Una cosa llevó a la otra. Se desnudaron mutuamente. Él la penetró.

El dolor que Miranda sintió entonces fue indescriptible. Pero se mordió el labio, pensando que era algo normal. Yago acabó encima de ella. Miranda no pudo más y comenzaron a escapársele gritos al compás de cada embestida. En aquel momento ella quiso parar. Intentó decírselo. Su boca solo conseguía articular aquellos gritos.

Con un último y doloroso espasmo, Yago se corrió.

Se tumbó a su lado, boca arriba, jadeando, con los ojos entrecerrados. Miranda se vistió apresuradamente. Estaba sangrando. Él ni se enteró de que se había ido.

El pueblo ya estaba cerca. Miranda miró su móvil. Ya tenía cinco llamadas perdidas de Yago. Ahora, lo único que quería era llegar a casa y enterrarse bajo las mantas.

Tras una terrible noche de vergüenza y reflexión. Tras odiarle con toda su alma, perdonarlo una y mil veces y volverlo a maldecir, llegó a la conclusión de que la culpa había sido suya.

Al día siguiente se compro un consolador de aspecto terrorífico. Ya iban doce llamadas perdidas de Yago. Sus practicas con el consolador fueron dolorosas. Muy dolorosas. A pesar de ello, Miranda se sentía bien. No había vuelto a sangrar.

Tras una semana y treinta y tres llamadas perdidas, el la estaba esperando en su portal.

-¡Miranda!- Dijo estrujándola entre sus brazos- Perdóname. Perdóname. Fue culpa mía. No me di cuenta de que te hacía daño. Perdóname.

Miranda se sintió genial. Sintió de nuevo ternura y amor. Sintió paz de nuevo. Le perdonó de nuevo. Esta vez definitivamente.

Solo faltaba una semana para que terminara el verano. Una semana y se iría a la universidad. Estudiando. Conocería a nuevos amigos. Nuevos chicos.

-Volvamos a intentarlo- Le dijo.

Y lo intentaron. Miranda se sintió feliz. Infinitamente feliz. No sangró. No le había dolido practicamente. El pene de Yago no era nada comparado con su consolador. A Yago le encantó.

Miranda no sintió nada.

-Ha sido culpa mía. Lo siento. Soy yo, seguro. No lo se hacer bien- Le repitió Yago una y otra vez mientras Miranda jugueteaba con su pelo y le acariciaba la espalda.

Miranda se resistía a pensar eso. Le quería mucho. Experimentaba una indecible ternura al estar con él. Pero jamás placer.

El verano terminó. En la universidad se sintió mejor. Mucho mejor. Conoció a mucha gente. Algunos buenos amigos. Casi no veía a Yago. Lo seguía amando con toda su alma. Seguía experimentando la misma ternura cada vez que le abrazaba. Volvieron a intentarlo varías veces. De nuevo Miranda no sintió nada.

A pesar de todo, era feliz. Muchos no la comprendían, pero ella se había aprendido a aceptar a si misma. Se quería a si misma. No necesitaba el placer sexual.

Silvestre Santé

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