Pioneros de Égabre – 1

Milos se levantó la careta de soldar y admiró su obra con satisfacción. Dejó el soldador sobre la mesa repleta de viejos cachivaches. Su taller siempre era un desastre, pero nunca encontraba el tiempo suficiente para ordenarlo, y en caso de hacerlo, no sabría que tirar y que no. Siempre le encontraba utilidad hasta a la pieza más vieja y oxidada.

Lo que acababa de arreglar era una de las viejas motos eléctricas que su familia utilizaba para pastorear sus bisontes. En realidad era una cosa sencilla. Se la habían traído diciendo que a cada rato perdía potencia. Milos solo tuvo que desmontar las baterías y encontrar entre el lío de cables aquellos que no hacían buen contacto. Solo le había llevado una hora. Eso, era en parte gracias a que conocía hasta las más diminuta pieza que llevaban esas motos. Eran todas viejas y estaban muy baqueteadas, así que se estropeaban muy a menudo. Desde que aprendió a caminar había estado haciendo chapuzas como estas.

Se levantó del taburete y se estiró, desentumeciendo su espalda. Solo el esfuerzo de poner la motocicleta en vertical lo dejó jadeando. Nunca había sido muy fuerte, por eso se había convertido en el manitas de la familia. Mientras sus primos y hermanos salían a ayudar a la familia con los bisontes, o con las cosechas, él se tenía que quedar en casa por culpa de alguna enfermedad, y cuando salía, en seguida se agotaba y no podía terminar el trabajo.

Nada más sacar la moto por la puerta le asaltó su primo Bruno.

– ¡Eh Milos! – Le gritó – Tienes que echarle un vistazo a mi fusil electromagnético, no funciona.

– ¿No lo habrás dejado al sol mientras haraganeabas vigilando a los bisontes verdad?

– Eh… no, no creo al menos.

Bruno era el mejor de sus primos. Era enorme y sus músculos parecían tallados en mármol, pero era un poco espeso. De pequeños se metían tanto con Bruno como con Milos, eso lo había convertido en su protector de facto.

– Vale, haremos un trato, tú le llevas esta moto a Andrea y le dices que la cargue al máximo antes de volver a usarla. Anda, déjame tu juguetito.

– ¡Muchas gracias Milos! – Le gritó ya alejándose – ¡Está vez lo trataré mejor!

Milos lo dudaba mucho. Bruno era un buen tipo, pero terriblemente descuidado.

Volvió a entrar en el taller con la pesada arma en las manos, de nuevo al trabajo.

Libró una mesa, por el sencillo método de apilar todo lo que había encima en una caja. Volvió a pensar que un día de estos tendría que poner orden en su taller, y enseguida lo dejó para luego.

Comenzó a desmontar el fusil colocando cada pieza en un perfecto orden a un lado para no olvidarse ninguna luego.

Al principio a Milos le horrorizaban las armas. Cuando eran pequeños, a sus primos enseguida les empezaron a enseñar a usarlas dejando a Milos marginado. Fue una mala época, y cuando por fin le ofrecieron aprender, se negó. Ni siquiera se dignaba a repararlas. Todo eso cambió una noche cuando tenía doce años.

Era una noche como otra cualquiera, pero entonces sonó la alarma por todo el asentamiento. Milos se despertó de golpe, aterrorizado. Salió de su habitación y se encontró a sus padres casi sin vestir, cada uno con un arma, saliendo por la puerta. Enseguida empezaron los tiros y las explosiones.

Al final no consiguieron asaltar el asentamiento, pero estuvo muy cerca. Murieron cuatro personas. Uno de ellos, un primo segundo de tan solo dieciocho años.

Las semanas posteriores fueron muy tensas, con toda la familia preparándose para saciar su venganza. Por suerte cuando la mitad de su familia se presentó armada hasta los dientes frente al asentamiento de los atacantes, estos atendieron a razones. Todo se arregló con una cuantiosa satisfacción económica, y como seguro, un hijo de esa familia pasó a vivir con la de Milos. Tecnicamente era un rehén, aunque en la práctica era como un familiar más y todo el mundo le llamaba primo.

Mientras Milos recordaba, sus manos habían seguido trabajando, hasta encontrar la avería.

Un frío rencor recorrió la columna de Milos cuando vio que el recubrimiento plástico de dos de los cables se había fundido por el calor, provocando un cortocircuito. Era lo malo de comprar armas de baja calidad. Por suerte Milos, tras ver como varias piezas importantes quedaban inservibles por culpa de esos descuidos, instaló fusibles para salvar las piezas más importantes. A pesar de ello, tendría que cambiar buena parte del cableado.

Pensó en hacerlo, pero luego miró su reloj y decidió que ya era hora de ir a comer. Salió de su taller por segunda vez y se dirigió a su casa.

A pesar de que el suyo era un asentamiento pequeño, tenía que dar un buen rodeo. Todos estaban construidos igual, en círculos concéntricos con una sola entrada cada uno en lugares opuestos. Típica arquitectura paranoica de los pioneros. Era igual por toda Égabre. Por suerte, su asentamiento solo tenía tres anillos. Lo malo era que todas las viviendas se situaban en el anillo central, y su taller estaba en el anillo exterior.

Cuando por fin llegó al centro, se encontró con un nutrido grupo de primos, primas, tíos y abuelos muy excitados. La explicación llegó con una bandada de niños que entró corriendo gritando:

– ¡El correo! ¡El correo!

Se acercó a su hermana que hablaba con unas amigas algo apartadas de la algarabía y le preguntó:

– ¿Que hay de nuevo Lucinda?

– Buenas noticias – Respondió ella girándose con una luminosa sonrisa en la cara.

Silvestre Santé

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