Sonidos – 1

Pum… Pum… Pum…

Miriam se levantó sobresaltada, mirando hacia todos lados. Estaba tumbada en cama, se acababa de despertar y estaba aprovechando esos cinco minutos que le quedaban entre las sábanas cuando esos sonoros golpes inundaron sus oídos. Eran como cuando alguien golpea algo de metal.

Se levantó de la cama y fue corriendo en pijama a la habitación de Josefa, la anciana a la que cuidaba. Si se había caído de la cama… Miriam prefirió no adelantar acontecimientos. Abrió la puerta de la habitación de la señora y se la encontró placidamente dormida. Mriam se aseguró de que todo estuviera bien y la arropó.

Salió de la habitación más relajada. Fue a la cocina preguntándose si el ruido venía de allí. Quizá alguna olla que había caído al suelo… Pero no, en la cocina todo estaba bien. Lo dejó correr y se tranquilizó. Probablemente era algún vecino arreglando un grifo.

Se decidió a darse una larga y relajante ducha para compensar ese despertar tan sobresaltado. Cuando por fin consiguió regular la temperatura del agua y estaba rodeada de una nube de vapor, lo volvió a escuchar.

Pum… Pum… Pum…

Fue tan intenso que se tuvo que tapar los oídos, y del susto se acabó cayendo de culo en la bañera. De nuevo, no pudo averiguar el origen del sonido. No sabía si había venido de arriba, de abajo o de alguno de los lados. Decidió que como esto siguiera iba a poner una queja a la asociación de vecinos.

Salió de la bañera con mucho cuidado y se envolvió en una toalla. Se había dado un buen golpe en los riñones. Seguro que le salía un buen moratón.

Entre una cosa y otra se le había ido el tiempo. Volvió a su habitación rapidamente y se vistió. Pantalones de chándal y camiseta negra. Algo cómodo, no es que no tuviera un buen cuerpo que lucir, pero para pasarse todo el día bregando con una señora con alzheimer, mejor era ir cómoda.

Comenzó las tareas del día. Primero recoger la ropa y plancharla. Luego a doblar, y organizar en montones. Por un lado ropa interior, por otro pantalones, camisas… Luego a guardar cada cosa en su cajón correspondiente. Josefa era muy susceptible en ese tema. En cuanto terminó fue a la cocina a prepararle el desayuno. Zumo, café con leche y tostadas con mermelada. Prefería tener todo eso preparado. En cuanto la señora se despertara, empezaría el trabajo duro de verdad. Tenía que quitarle el camisón y ayudarla a bañarse, luego secarla, vestirla y servirle el desayuno. Si tenía un día bueno no era tan malo, se comportaba como una abuelita entrañable. Pero los días buenos eran poco comunes. Lo más habitual era que tuviera que hacer todo eso entre gritos, insultos y acusaciones de robo. Y ese era su momento más lúcido del día. Luego le camuflaba los medicamentos con el desayuno y se quedaba catatónica. La sentaba frente al televisor y allí se quedaba todo el día, viendo la televisión y haciendo una manta de ganchillo que nunca acababa.

“Vaya trabajo de mierda” Pensó para si Miriam. Solo lo aceptó porque estaba desesperada. Con su padre muerto y su madre en paro, necesitaba un trabajo.

Esto estaba muy bien pagado, y además no tenía gastos. El sueldo se lo pagaban los hijos de la señora. Una familia de ricachones desagradecidos que no querían que una madre loca estropeara sus perfectas vidas de chalet con piscina. Miriam los despreciaba, casi con la misma intensidad con la que sentía piedad por Josefa.

Pero la piedad llegaba hasta un punto. Miriam había calculado que solo le quedaba un año ahí. Para entonces habría reunido el suficiente dinero como para pagarse la carrera de medicina y dar un vuelco a su vida. Mientras tanto, se lo tomaba como unas prácticas extracurriculares.

– ¡Miriam! – Gritó Josefa desde la habitación.

– Ya voy doña Josefa.

A juzgar por el tono de voz hoy era un día de los malos. Fue a la habitación y la ayudó a levantarse, resintiéndose de la espalda magullada.

– Vaga, más que vaga. Mis hijos te pagan para que me cuides. Llevo media hora gritando y tu no venías – Protestó Josefa.

Miriam sabía que discutir era una pérdida de tiempo, así que susurró un “Lo siento” entre dientes.

Ya duchada y vestida la sentó a la mesa para darle el desayuno. Le camufló las pastillas entre la mermelada de una tostada y se la dio. La señora seguía protestando por cualquier ofensa real o imaginaria, mientras la mente de Miriam volaba muy lejos de allí, cuando ocurrió de nuevo.

Pum… pum… pum…

Solo que esta vez, no se detuvo en tres golpes. Se tapó los oídos y echó la silla hacia atrás, arrastrándola ruidosamente, aunque ella ni siquiera lo escuchó. Solo oía los golpes.

Pum… Pum… Pum…

La señora la miraba con una expresión entre enfadada y aburrida.

– ¿Es que no lo oye doña Josefa? – Gritó Miriam.

En ese momento, el ruido se detuvo, tan abruptamente como había empezado, justo a tiempo para escuchar la respuesta de la anciana.

– ¡Deja de gritar niña estúpida! ¿Es que nadie te ha enseñado modales? En mis tiempos por hacer un ruido así arrastrando la silla te habrían dado por la regla en los nudillos.

La señora no lo había oído. Lo único que había escuchado había sido el ruido de la silla al ser arrastrada. Un escalofrío recorrió la columna de Miriam. ¿Se estaba volviendo loca? La señora era dura de oído, pero tenía que haberlo oído.

“Seguramente está mintiendo para hacerme rabiar” Pensó Miriam tranquilizándose.

No sería la primera vez que hacía algo así de mezquino. En cualquier caso, la señora se había acabado el desayuno. La levantó, la sentó en su sillón y la puso a ver la tele.

Hecho esto, volvió a la cocina para limpiarlo y recogerlo todo. Quizá una tarea sencilla y rutinaria le ayudara a despejar la mente…

Silvestre Santé

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