Pioneros de Égabre – 3

Factoría era la ciudad más poblada del planeta. Una apelotonada ciudad de un millón habitantes que crecía en desorden. Era un caos de ciudad. Desde el cuidado y funcional estilo de los edificios del centro, que formaban parte del primer asentamiento, hasta los edificios de bloques que se caían a pedazos y que crecían como hongos en la periferia. Por si fuera poco, esa terrible ciudad estaba siempre cubierta por una sucia nube de humo. Esto se debía al anillo de fábricas e industrias que rodeaban a la ciudad.

Brais reflexionaba sobre esto mirando por el ventanal de su laboratorio, desde el que tenía una vista panorámica de la ciudad. Recordó cuando había descubierto el origen del nombre de la ciudad. Siempre había pensado que se debía al anillo industrial que la rodeaba, pero nada más lejos de la verdad. Lo cierto, era que había sido el primer lugar poblado del planeta. La misión de colonización había establecido aquí su primera base. Eran solo cincuenta mil, y su misión era preparar el terreno para la próxima oleada de colonos. Por ello construyeron una factoría en la que producían maquinaria para hacer el terreno cultivable, además de una larga pista para el aterrizaje de las lanzaderas. Si la colonización de Égabre hubiera seguido su curso normal, ahora Factoría sería una ciudad diez veces más poblada y mucho más ordenada. Por desgracia, la segunda ola de colonización no llegó. Los egabrenses habían estado preparando el terreno durante cincuenta años, y vigilando el espacio para detectar las señales de radio que anunciaran que la nueva ola se acercaba. No recibieron nada. Ni siquiera una explicación. Quedaron abandonados a su suerte y así, trescientos años más tarde, la ciudad era el caótico amasijo que era.

Al principio el caos debió de ser terrible. Lo que estaba diseñado para durar cincuenta años, tenía que ser remendado una y otra vez. La población crecía, y la sencilla organización que caracterizaba a la primera ola de colonos fue insuficiente. Los libros cuentan que hubo violencia. Los que se hartaron, cogieron a su familia y se fueron. Se adentraron en el continente a probar suerte. Fundaron asentamientos y prosperaron.

Como resultado, la sociedad que quedo en Factoría, era de lo más rastrera. Brais, primero como estudiante y luego como investigador lo había comprobado de primera mano. Los estudiantes procuraban perjudicar a sus compañeros en todo lo que podían, los investigadores se metían la zancadilla unos a otros… Nadie se preocupaba por ser mejor, si no porque los demás fueran peores que ellos.

Brais había trabajado muy duro para llegar a donde estaba. Conseguir un puesto como químico en un laboratorio había sido un sueño. Por supuesto tenía sus cosas malas. Los investigadores de más edad lo usaban para que realizara el trabajo duro de sus experimentos, para luego llevarse todo el mérito. Además, el sueldo no era nada del otro mundo, pero tener acceso a un laboratorio le había permitido, en sus ratos libres, y sin contárselo a nadie, desarrollar algo que podría hacerle rico.

Lo que había inventado, era un explosivo muy potente que estallaba al recibir un impacto. No era el primero que se descubría, pero todos eran o demasiado débiles, o demasiado peligrosos. El suyo podía ser manejado facilmente, sin miedo a que explotara al caer al suelo. La aplicación que había pensado para el, era mezclarlo con virutas de hierro para que pudiera ser acelerado por las armas electromagnéticas y usado como munición explosiva. Si lo manejaba bien, podría hacerse rico.

Lo malo era, que si se lo enseñaba a un científico de mayor nivel que él, le robaría la idea sin dudarlo un instante, y lo despediría para que no armara revuelo. También había pensado en llevarlo directamente a una de las fábricas de armas, pero no le abrirían las puertas a menos que fuera recomendado por algún científico de prestigio.

Brais estaba en un callejón sin salida. Solo le quedaba una salida. Ofrecer su trabajo a algún investigador de prestigio, y a cambio de guardar silencio, conseguir un mejor puesto con más sueldo y oportunidades. Su yo interior se retorcía ante esta idea, cuando se le ocurrió una tercera salida.

Seguía mirando por la ventana como un pequeño barco mercante maniobraba para entrar en el puerto. Había montones de barcos como ese. Ante la nula infraestructura que caracterizaba el planeta, la única forma de mover mercancías era en barco. Estos se dedicaban a cargar productos manufacturados en Factoría, para ir recorriendo la costa de asentamiento en asentamiento vendiéndolos a cambio de comida.

Esto hizo pensar a Brais en huir. Escapar de la ciudad sin decírselo a nadie para embarcar en uno de esos mercantes. Quizá encontrara un asentamiento que se quisiera hacer rico, donde montar una pequeña fábrica para producir su idea. Los habitantes del asentamiento no tendrían la capacidad de robarle la idea, y eran gente desconfiada y bien armada. Sabrían defenderse de un intento de robo.

Cuanto más pensaba en ello más le seducía la idea.

Se sentó en su escritorio y comenzó a calcular en su ordenador lo que se necesitaría para montar una fábrica a pequeña escala. Casi no podía teclear, porque le temblaban las manos de emoción.

En cuanto terminó, estaba seguro de poder hacerlo. No sería fácil, pero podría hacerlo.

Hizo un volcado de datos del ordenador a una memoria externa. Luego revisó por enésima vez el laboratorio. No se había dejado nada. Su idea estaba en su ordenador y en la memoria. No había dejado ni rastro.

Guardó el ordenador en su mochila y la memoria en el bolsillo interior de su chaqueta. Se disponía a salir por la puerta cuando decidió parar y tranquilizarse. Nadie debía notar que estaba excitado. Si alguien le preguntaba, diría que se iba antes del trabajo porque se encontraba mal. Se armó de valor y cruzó la puerta.

Brais caminaba por las calles de Factoría. Llevaba a la espalda una mochila con su ordenador y parte de su ropa. Sus únicas pertenencias a partir de entonces. Se dirigía al banco central. Su cuenta ahora estaría bastante vacía. Antes de eso había visitado unas cuantas tiendas para comprar el material necesario para fundar su pequeña fábrica. Lo había cargado todo en un camión alquilado y lo había aparcado un par de calles más atrás.

Cruzó las elegantes puertas del banco y se dirigió al mostrador.

– Quiero cambiar todo mi dinero por plata – Le dijo a la chica que se encontraba tras el cristal blindado.

Esta le miró un poco raro y con un “Espere un momento” Se levantó para llamar a un superior.

El motivo por el que quería cambiar su dinero por plata era que en los asentamientos el dinero no tenía ningún valor. Los papeles pintados que hasta entonces había llevado en su cartera servían para comprar cosas únicamente porque el banco central respaldaba su valor con metales raros. Fuera de Factoría, lo único que servía como dinero era algo que tuviera un valor intrínseco.

– Pase por aquí por favor – Le dijo una señora más mayor que la anterior.

Lo llevó a un pequeño despacho, donde Brais le repitió su petición.

– Me gustaría que me reembolsaran todo el dinero de mi cuenta en plata.

– Ya lo se señor, pero me gustaría conocer el motivo.

Brais compuso su mejor sonrisa para inventarse una mentira plausible.

– Verá señorita, me dispongo a embarcarme en una aventura comercial, fuera de Factoría. Ya sabe que quien no apuesta no gana.

La empleada del banco, con cara de pocos amigos le pidió sus datos y los ingresó en su ordenador.

– Señor, ya sabe que nuestro lema es que el dinero es metal, pero mi deber es aconsejarle que no lo retire todo. Por prudencia, ya sabe.

– Lo se señorita y le agradezco mucho el consejo, pero creo que tengo una buena oportunidad y me gustaría aprovecharla.

– De acuerdo, advertido queda – Le respondió la empleada – Pero aún hay otro problema. En estos momentos andamos algo escasos de plata… No, no se preocupe, le daremos en metales lo que vale su dinero, pero tendrá que ser en otro metal. ¿Coltán, oro? Lo que usted prefiera.

Tras unos minutos de negociaciones, llegaron al acuerdo de obtener la mitad en plata y la mitad en oro. Lo cierto es que Brais no tenía ni idea de como se cotizaban estos metales en los asentamientos, pero, a pesar del temor de estar siendo timado, selló el trato con una firma.

– Muchas gracias señor, le deseo suerte en su… aventura – Le dijo despidiéndose la escéptica banquera.

Brais volvió a su camión y condujo hasta el puerto. Se puso a circular con precaución por las calles. Era el peor barrio de la ciudad, y le daba miedo meterse en un lío, pero no podía ir al directorio de barcos y escoger uno sin más. Tenía que salir sin que su nombre ni su mercancía quedaran registradas. No tenía ni idea de por donde empezar, hasta que se encontró con una taberna que daba directamente al puerto. Aparcó el camión enfrente y cruzó la desvencijada puerta.

En cuanto lo hubo hecho le asalto un intenso olor a sudor y cerveza. Había varias mesas ocupadas, pero todas se quedaron en silencio unos segundos, mirándole. Luego volvieron a sus risas y a sus bromas soeces.

Se dirigió al tabernero y le preguntó:

– Señor, disculpe, ¿Dónde puedo encontrar al tripulante de algún barco?

– ¿Buscas tripulaciones? – Le respondió el tabernero con una risotada – Escoge tu mismo. Ahí tienes a la tripulación de la ballena, ahí a la de la tetera, en la mesa del fondo esta la tripulación de la mujer preñada. ¡Tienes donde elegir!

Brais se despidió con un “gracias” entre dientes y se dirigió a la tripulación que tenía mejor pinta. Aún así, eran todos hombres y mujeres rudos. Brais dudo un segundo, pero se armó de valor convenciéndose de que la mejor estrategia era ser audaz.

Se sentó a una de las mesas y dijo a bocajarro:

– Quiero salir de la ciudad junto a tres cajas voluminosas, sin preguntas y sin nombres. Pagaré en oro.

Los diez marineros se le quedaron mirando, con cara entre confundida y divertida. La que parecía ser la líder le respondió:

– Solo dos preguntas. Primera ¿Eres poli?

Brais dudo, ¿Se estaban burlando de él? Aún así respondió:

– No.

Todos se miraron entre ellos, sonriendo.

– Segunda ¿Cuánto oro?

Silvestre Santé

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