Sonidos – 2

Miriam llevaba todo el día con un dolor de cabeza increíble. No estaba segura de si los ruidos que oía de vez en cuando eran la causa, o la consecuencia. El peor episodio se había dado en el supermercado, tan solo unas horas antes. Había dejado caer la cesta que llevaba, derramando todo el contenido por el suelo. Estaba muy asustada. No quería ir al médico por miedo a que le dijeran que estaba loca, y se resistía a consultar en internet sus síntomas. Seguro que la conclusión la alarmaba más, y eso era lo que menos necesitaba.

Por suerte esa noche había quedado con Toni, un amigo que últimamente se estaba haciendo muy íntimo. A Miriam le gustaba mucho, pero prefería andarse con pies de plomo. No quería cometer ningún error, ni darle impresiones que no eran ciertas.

Por desgracia, no podrían quedar hasta después de que Josefa se hubiera acostado. Miriam decidió darse un poco de prisa, y mientras dejaba la cena casi terminada, decidió ir trayendo a la señora a la cocina.

– Doña Josefa – Le dijo con voz dulce Miriam – Despierte, la cena está lista.

Esta, abrió los ojos y le echó los brazos al cuello. Era una maniobra que tenían más que ensayada, y la mejor forma para levantarla del sofá con el mínimo esfuerzo. Mientras avanzaban hacia la cocina cogidas del ganchete, la señora se fue despejando.

– ¿Qué me has preparado hoy niña? ¿No será otra vez basura precocinada, no?

Miriam recordó la escena. Una noche que estaba cansada, había decidido no comerse la cabeza y le había hecho una lasaña congelada al microondas. Obviamente, a la señora no le había gustado nada, lo curioso, es que eso había ocurrido hacía ya meses, y a pesar de su alzheimer, seguía recordándolo.

– No doña Josefa, he hecho un rico consomé. Le va a encantar.

– Ya veremos – Respondió esta mientras se sentaban a la mesa.

Miriam le sirvió la comida en un plato, y después se sentó junto a ella armada con un trapo de cocina. La señora había perdido mucha motricidad fina, y se ensuciaba todo el tiempo, a pesar de lo cual insistía en comer por sus propios medios. Con lo costoso que sería llevarle la contraria, Miriam había decidido que le compensaba ir limpiando antes que discutir.

Fue una cena agradable. La señora le contó una historia de su juventud. Por supuesto, Miriam ya la había escuchado montones de veces, pero la señora no recordaba habérsela contado, así que Miriam no le dijo nada.

Una vez cenaron, Miriam la acostó y espero hasta que se durmiera. Hecho eso, procedió a prepararse para su cita con Toni. Se alisó el pelo, se maquilló, se puso un bonito vestido y lo conjuntó con unos tacones de escándalo. Ya estaba lista para ver a Toni. Lo llamó y quedó en recogerla en la puerta en media hora.

El tiempo se hacía eterno, pero por fin llegó. Miriam bajó corriendo las escaleras y saludo a Toni con dos besos, por supuesto en las mejillas. Se subieron al coche, y Miriam le preguntó:

– ¿Tienes pensado algo para hoy?

– Pues, resulta que sí. Te voy a llevar a un sitio nuevo. Un restaurante escondido en las afueras.

– ¿De verdad? – A Miriam se le iluminó la sonrisa – Vaya, después de este día, es lo que necesito. Un sitio tranquilo, buena compañía…

– ¿La señora a la que cuidas se ha puesto difícil de nuevo? – Preguntó Toni comprensivo.

– No, no es eso – Respondió Miriam – Bueno, también influye, pero es que desde que me desperté, de repente escucho unos ruidos muy extraños que me hacen doler la cabeza.

– ¿Enserio? Oye, si te encuentras mal, lo dejamos para otro día. No quiero presionarte.

– No Toni, ni se te ocurra. Necesitaba salir de esa casa un rato. Despejarme me vendrá bien.

Miriam consiguió calmar los instintos de caballero de Toni y se relajó en el asiento escuchando como Toni le contaba una de sus locas historias. A pesar de todo, Miriam no conseguía relajarse completamente. Estaba tensa. Sabía que en cualquier momento volvería a escuchar ese terrible sonido en su cabeza. Se estaba empezando a obsesionar, por suerte pronto llegaron al restaurante.

Era cierto que estaba en medio de la nada. Se encontraba rodeado de bosques y en el fondo de un valle. Miriam habría tenido miedo si no fuera porque el aparcamiento estaba repleto de coches.

– Tranquila, tenemos reserva – La tranquilizó Toni adelantándose a su pregunta.

Entraron y se sentaron a su mesa. La decoración rústica y la luz tenue ayudaban a darle al local un ambiente muy romántico. Pidieron vino y se pusieron a beber mientras esperaban la comida. En cuanto llegó lo que habían pedido, ya estaban un poco achispados, y Toni sacó su vena humorística. Cuando se relajaba sabía hacerla reír como nadie. Había conseguido que se olvidara de todo su desastroso día cuando volvió a ocurrir.

Pum… Pum… Pum…

De nuevo el sonido. Se levantó bruscamente, volcando la mesa y llevándose las manos a los oídos. Se calmó, asegurándose a si misma que solo serían un par de segundos, pero el sonido no paraba, seguía constante.

Pum… Pum… Pum…

Miriam comenzó a gritar de puro pánico. Ese sonido tenía que parar. Cuando se le acabó el aliento abrió los ojos. El sonido continuaba, pero podía oír a Toni con la cara muy cerca de ella diciéndole que se tranquilizara.

– Estoy bien – Gritó Miriam. Para ella era un tono normal, pero la había ocurrido lo mismo que cuando alguien intenta susurrar con unos auriculares puestos.

– Miriam, Miriam – Le dijo Toni – ¿Qué te pasa? ¿Llamo a una ambulancia?

A Miriam se le heló la sangre. No quería que la viera un médico. El sonido seguía, pero era distinto, ahora que se había acostumbrado, seguía siendo doloroso, pero no insoportable. Y había algo más. A diferencia de las anteriores veces que le había ocurrido, podía decir de donde venía.

– No, vámonos al coche – Dijo Miriam, de repente serena.

Se dirigió a la salida con decisión mientras Toni se quedaba atrás disculpándose y pagando la cuenta. Ella no se atrevía a detenerse. Le resultaba casi imposible concentrarse en algo con ese sonido aterrador en la cabeza.

Cuando Toni la alcanzó, subieron al coche.

– Miriam tranquila, ahora te llevo a un hospital – Le dijo Toni arrancando el motor.

– No, conduce. Cuando puedas gira a la izquierda – Respondió Miriam con la tez pálida y con la vista fijada en la nada.

Toni la acosó a preguntas, pero ella no podía responderle sin perder la concentración. Por suerte la fuerte convicción de Miriam lo convenció para tomar los caminos que ella le indicaba.

Por supuesto, el no tenía ni idea de a donde se dirigían, pero ella lo tenía muy claro. Por primera vez podía identificar de donde venía ese sonido, y tenía la sensación de que averiguar el origen la ayudaría a pararlo.

Conducían en silencio, ella de vez en cuando le indicaba que dirección tomar. El preguntó de nuevo, ya un poco harto:

– Miriam, contestame de una vez ¿Es por lo que me contaste antes? ¿Los ruidos que escuchabas?

– Si – Respondió Miriam, concisa.

– ¿Estamos alejándonos de ellos? ¿Así te sientes mejor?

– No, acercándonos – Sin Toni nunca podría llegar al lugar. Se merecía alguna explicación.

– ¡Pero eso es peor! ¡Cada vez van a ser más fuertes!

Miriam solamente pudo contestar:

– Gira a la derecha.

Era muy importante que no perdiera la concentración. Lo que estaba haciendo era como encontrar el foco de un incendio guiándose por el olfato. Pero lo que había dicho Toni tenía sentido. A medida que avanzaban el sonido la envolvía más. No aumentaba de intensidad, pero cada vez le era más difícil decir de donde venía.

Finalmente llegaron a una intersección y Miriam no supo hacia donde tenían que ir.

– Para – Dijo.

Se bajó del coche y el frío de la noche la golpeó de lleno. Obviamente el vestido que se había puesto no estaba preparado para pasar noches a la intemperie, pero le dio igual. De pie, en el asfalto comenzó a dar vueltas sobre si misma, observando, buscando… algo. Por fin, Toni la detuvo.

– Para ya Miriam – Le dijo sujetándole la cara entre las manos – Me estás mareando.

El siguió gritándole cosas, pero ella no podía centrar la vista en su cara, estaba mirando por encima de su hombro. Allí, en lo alto de una pequeña colina, se podían ver unas pequeñas luces rojas. Era la típica estación de repetición de radio y televisión. Unas enormes antenas que siempre se situaban en lugares altos para evitar las interferencias de la orografía.

– Allí – Señaló Miriam levantando una mano.

Dicho esto, se zafó de Toni y volvió a entrar en el coche, congelada. Unos segundos después entró Toni, y resignado, se puso a conducir.

Se perdieron un par de veces, pero finalmente llegaron al lugar indicado. Se bajaron del coche y vieron las antenas, un pequeño edificio y una verja metálica que delimitaba el lugar. Pero las únicas luces eran las de señalización para los aviones que llevaban las antenas en la punta. El lugar estaba completamente vacío.

Los ojos de Miriam se llenaron de lágrimas, y sacando toda la fuerza que le quedaba comenzó a aporrear el portalón gritando:

– ¡Maldita sea! No puedo soportarlo más. ¡Tenéis que pararlo! Este ruido me está destrozando, por favor…

Empezó a decirlo gritando, muy enfadada, pero acabó suplicando y con la cara llena de lágrimas. Toni la recogió y la acunó en sus brazos, tranquilizándola. Todas sus esperanzas estaban desvaneciéndose cuando se escuchó una voz desde dentro.

– ¡Eh! ¿Qué pasa ahí? – Dijo un hombre enfocándolos con una linterna. Obviamente un segurata – Fuera de aquí, esto no es ningún picadero.

Ante la confirmación de que había gente ahí, Miriam recuperó fuerzas y se levantó a aporrear de nuevo el portalón mientras gritaba llorando que lo apagaran. Mientras tanto, Toni intentaba razonar con el hombre.

– Oiga, es algo que están emitiendo. Le está destrozando la cabeza a mi amiga. Por favor, tienen que pararlo. No son invenciones suyas, encontró este sitió en la oscuridad guiándose por lo que oye. Tiene que haber alguna forma, quizá desconectar la energía o algo.

El hombre de seguridad los miró, reflexionando durante un momento. Tras la pausa, contestó:

– Un momento, ahora vuelvo.

A Miriam se le inundaron los ojos de alegría. Dejó de gritar y enseguida aparecieron unos médicos que la pusieron en una camilla y la bajaron a unas instalaciones en un ascensor. Ella no dejaba de musitar “Por favor”, hasta que de pronto el sonido que llevaba horas escuchando se detuvo. Entonces no pudo parar de decir “Gracias”.

Le hicieron unas cuantas pruebas. Análisis de sangre, resonancia magnética… de todo. Cuando por fin estuvo medianamente recuperada, la llevaron a una sala y la sentaron frente a una mesa. Solo entonces se empezó a dar cuenta Miriam de lo raro que era todo eso. Esa gente, fueran quienes fueran, eran los que estaban produciendo el sonido dentro de su cabeza, y tenían toda una instalación montada en medio de la nada. Un hombre muy serio y de traje cruzó la puerta de la habitación, interrumpiendo sus pensamientos.

– Buenas noches señorita Miriam – Le dijo – Lamento mucho todo lo que ha ocurrido.

– ¿Quienes son ustedes? – Preguntó Miriam a bocajarro.

– Verá señorita, ese es un tema… delicado. Somos una agencia gubernamental, de investigación. Nos caracterizamos por ser, por decirlo de alguna manera, discretos. No nos gusta llamar la atención sobre nuestras investigaciones.

– Vaya, pues conmigo lo han hecho muy bien – Dijo Miriam irónica.

El hombre la ignoró y continuó hablando.

– Por error, nuestras investigaciones la han afectado de manera imprevisible para nosotros. No teníamos ni idea de que lo que le ha pasado a usted pudiera ocurrir, pero da pie a teorías interesantes. Le puedo asegurar que no va a ocurrir nada ni remotamente parecido. Puede creerme, puesto que no nos interesa llamar la atención. Ahora lo que debe hacer es volver a su casa, descansar y olvidarse de todo esto, pero antes, le agradecería, que firmara esto – Dijo sacando unos papeles – Léalo tranquilamente, es una declaración de confidencialidad, para asegurarnos de que no difunde nada de lo que aquí ha visto.

El hombre se cayó para dejarla leer. Miriam prestó mucha atención a la lectura, hasta convencerse de que no estaba firmando lo que no era. Pero era cierto, era una declaración de confidencialidad, y nada más. Lo firmó. Lo único que quería era volver a casa y dormir una semana seguida.

– Muchas gracias señorita, no sabe como me alegro de que sea usted una persona razonable – El hombre trajeado guardó el papel en un maletín y la acompañó hasta el ascensor – Le puedo asegurar, para su alegría y para la mía que nunca nos volveremos a ver, ni a… oír.

Subió hasta arriba, donde ya la estaba esperando Toni. No comentaron mucho. Subieron al coche, y tras una hora de camino la dejó en la puerta de su casa, asegurándose antes, y de manera muy insistente de que estuviera bien.

Ya era de día. Miriam subió las escaleras deseando derrumbarse en su colchón nada más cruzar la puerta. En cambio lo que oyó fue:

– ¡Miriam haragana! ¡Qué ya estoy despierta!

Silvestre Santé

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