Pioneros de Égabre – 7

Irina se encontraba en la proa de su barco, rodeada de buena parte de su tripulación. Estaban todos muy excitados. La frustración que se había extendido entre sus hombres parecía disiparse ahora gracias a la novedad. Su tripulación estaba disgustada por el cambio de rumbo que Irina le quería dar a su compañía. De robar y asaltar, habían pasado a escoltar barcos. Habían tenido suerte, enseguida un par de barcos los habían contratado. Los mercantes estaban como locos. Todos estaban navegando a la máxima velocidad posible hacia una feria que se había organizado. Tras una semana de navegación, y tras remontar un río, allí estaban.

El Valkiria, su barco, navegaba por el centro del ancho río. Seguían sus aguas otros dos barcos mercantes, y a su proa, se extendían las edificaciones. En la orilla derecha del río se alzaba en una colina un gran asentamiento fortificado. Sobre la llanura que lo rodeaba, se extendían cientos de tiendas de lona, tractores y camiones. En la orilla, se alzaban una serie de muelles protegidos de la corriente por un dique de rocas. Estos muelles, estaban a rebosar de barcos, y mercancías que iban y venían. Para completar la estampa, un ferry realizaba el trayecto entre las dos orillas transportando tractores y camiones.

Resultaba impresionante ver tanta actividad fuera de Factoría. Realmente se habían congregado allí miles de personas.

– ¡Igor! – Le gritó Irina al piloto – ¡Haz algo de ruido!

Como respuesta Igor hizo sonar la sirena del barco repetidas veces. Toda la tripulación se deshizo en gritos y en risas, levantando los puños en alto y dándose palmadas en la espalda. Realmente necesitaban un descanso. Llevaban mucho tiempo sin liberarse realmente. En Factoría, no podían dejarse llevar por miedo a que algún viejo conocido quisiera saldar cuentas ya olvidadas. En alta mar no había mucho que hacer, y cuando atracaban en un asentamiento, estos los trataban con frialdad y desconfianza. Aquí, nadie los conocía, y había bastante gente de distintos lugares como para que nadie repudiara a un extranjero.

Mientras tanto Igor ya había apagado los motores, y se estaban acercando al muelle a paso de tortuga. Los marineros ya habían colocado en el costado una serie de boyas para amortiguar el impacto, y en cuanto este se produjo, dos de ellos, uno por la proa y otro por la popa, saltaron al muelle con gruesas sogas para dejar bien amarrado el barco.

Cuando todo estuvo hecho, Irina convocó a su tripulación:

– Chicos, venid aquí, vamos, antes de iros, venid aquí – Cuando todos estuvieron reunidos en la cubierta comenzó – Bien chicos, tengo algo que deciros. Todos los días que nos quedemos aquí, tenéis que venir a dar fe al barco al mediodía. Podéis dormir donde queráis… y con quien queráis – Ante esto todos estallaron en carcajadas – Por lo demás, no os metáis en líos, gastaos vuestro dinero y emborracharos. ¡Vamos, a pasárselo bien!

Con esto Irina concluyó entre vítores. Mientras todos bajaban, llamó a Sergei, su segundo de abordo, para que esperara un momento.

Lo llevó a un aparte y le dijo:

– Sergei, ya sabes lo que hemos hablado ¿No?

– Sí Irina, los chicos no están muy contentos, pero creo que te aprecian lo suficiente como para aceptarlo.

– Bien, eso está bien. Entonces hay que empezar a ponerse las pilas. Tú te mueves entre la gente como pez en el agua, quiero que hables con todo el mundo, y escuches los rumores que circulan. Espero que encontremos aquí algo que nos interese. Ya sabes, algún asentamiento que necesite protección, alguien que necesite escolta, algo así. Ya sabes, algo tranquilo y lucrativo.

– Haré lo que pueda capitana – Respondió Sergei – Aunque no creo que sea fácil encontrar algo así.

Se despidieron y bajaron juntos del barco. Sergei apuró el paso mientras Irina se dirigía al barco al que escoltaban, que había atracado detrás del Valkiria para exigir el pago.

Milos estaba desolado. Tanto, que la visión de la feria ni siquiera le alegró. Había ocurrido una semana antes. Todo estaba preparado para partir. Las mercancías cargadas y todo el mundo listo para salir al amanecer. Milos estaba esperando a Albert, pero este se retrasaba. Cuando fueron a buscarlo, se lo encontraron frío en su cama. Había muerto.

Era un gran inconveniente para todos. Había prisa por partir, así que lo enterraron casi sin ceremonia, y sin siquiera velarlo. Se pronunciaron unas palabras y todo el mundo se subió a los vehículos para partir. A todo el mundo le dio pena, pero nadie lo sufrió más que Milos. Era la persona que más cerca había estado de él en vida, y ahora, su muerte truncaba todos sus planes de futuro. Entre la confusión que causó y la prisa por marchar, nadie le había impedido que viajara a la feria, pero cuando ya estaban lo bastante lejos de su asentamiento como para pretender volver, Milos se dirigió al consejo para pedir la herencia de Albert, que este había prometido que se invertiría en su viaje a Factoría. Milos odiaba al consejo, pero ese día comprobó lo rastreros que eran. Le negaron el dinero, diciendo que según las reglas la herencia iría a parar al familiar más cercano. Milos protestó, lloró y suplicó. Incluso les acusó de avariciosos, ya que ellos sabían las intenciones de Albert, pero nada de eso sirvió.

Con todas sus esperanzas desechas, Milos se aseguró a si mismo que no volvería a pisar su casa. Estaba decidido a no volver de la feria.

Milos se encontraba sobre uno de los últimos remolques de la caravana, con lo que tenía una vista perfecta de esta. Era una larga sucesión de vehículos, camiones y tractores con remolques, precedidos por una gran mancha marrón formada por el rebaño de animales que pretendían vender en la feria. Más allá, se veía una extensión de corrales atestados de animales, donde ya estaban empezando a meter los suyos. Algo separados de estos, se extendían cientos de tiendas de lona, tendidas de vehículo a vehículo, con un aire de improvisación e ingenio inigualables. Por encima, dominando todo eso desde una colina, se encontraba el asentamiento de los Brander.

La columna se dividió. La mayor parte, se dirigió a las afueras del mar de lonas, para empezar a montar las tiendas donde vivirían los próximos días. El resto, se dirigieron directos al mercado, a reclamar su sitio. Este, estaba formado por una calle que iba de las puertas del asentamiento, hasta el muelle. Estaba delimitada por montones de puestos en los que se vendía de todo lo imaginable, y que eran recorridos por gente de los asentamientos y marineros que pretendían comprar mercancías para Factoría.

Pronto se vieron inmersos en un terrible atasco de gente, vehículos y animales, en el que era muy difícil avanzar. Milos vio su oportunidad, y sin decírselo a nadie, se bajó y se mezcló entre la multitud deseando no volver a ver a la gente con la que había crecido nunca más.

Silvestre Santé

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