Pioneros de Égabre – 12

Brais estaba bastante confuso. Primero le golpean y lo secuestran, luego lo llevan a la bodega de un barco y le interrogan de muy mala manera, y finalmente parecen entusiasmados con él. Ya le estaban tratando como a un ser humano y curándole la herida de la cabeza cuando llegó la que parecía ser la jefa echando chispas por los ojos. Y ahora, cuando por fin lo habían dejado solo, vuelve a aparecer la jefa.

– Vamos a ver – Le Irina con una mueca de ira en la cara – ¿Qué contienen esas malditas cajas?

Brais no sabe a que viene esto, pensaba que ya les había dejado claro que eran imprescindibles, a pesar de todo respondió con total exactitud:

– Contienen un condensador, dos decantadores seriados, una cubeta de hidrólisis, un analizador de cristalografía…

– ¡Cállate! – Le interrumpió Irina – No me interesa nada de eso. Quiero saber si es de verdad imprescindible. No quiero jugarme el pellejo por una tontería.

– Vaya, ¿De nuevo los gritos? – Respondió Brais, ya harto de que le trataran mal – Además, no creo yo que ir a por unas cajas sea jugarse el pellejo, solo hay que pagar la factura del almacén y traerlas al barco. Como mucho te puede dar una hernia al cargarlas.

Brais se arrepintió de hacerse el gracioso a medida que la luz fue escapando de los ojos azules de Irina. Esta se tomo su tiempo en responder, tranquilizandose lo suficiente como para no partirle la nariz ahí mismo.

– Escucha científico – Dijo Irina convirtiendo esa palabra en algo peyorativo – Vamos a robar esas cajas, y el puerto está lleno de policía. Habrá enfrentamiento y puede morir gente, así que piénsalo muy bien antes de darnos una respuesta, si me haces salir ahí por cuatro cachivaches baratos, te lo haré pagar.

– ¡De baratos nada! – Dijo Brais airado – Me gasté todos los ahorros de una vida para comprarlos. Unos cien mil créditos de Factoría. Y no se a que viene tanta violencia, no contienen nada ilegal. Pero si es tan peligroso déjalos. Todos esos aparatos los compré en Factoría. Eso si, si los dejas ahí, olvídate de que vuelva a Factoría a comprarlos. Si apareciera por allí no me dejarían salir.

– De acuerdo Brais. No me gusta tu tono, pero nos vamos entendiendo. ¿Existe la posibilidad de que alguno de nosotros vaya a Factoría a comprar esos aparatos?

– Irina, de todas formas no tenemos suficiente dinero – Dijo Sergei.

– No es solo por el dinero – Dijo Brais – Para comprar alta tecnología en Factoría hace falta estar en los registros de la universidad, y vosotros no lo estáis.

Irina seguía con la mirada clavada en Brais, y no parecía desearle una larga vida. Se produjo un breve silencio, que rompió ella levantandose.

– Hay que asaltar ese almacen, pero tú, listillo – De nuevo marco la palabra con todo el desprecio que pudo – Nos vas a hacer de guía.

Irina salió por la puerta con paso decidido. Sergei se demoró un momento para agarrar a un horrorizado Brais y arrastrarlo con él. Una vez en cubierta, se encontraron con la tripulación.

– ¿Queríais acción muchachos? – Preguntó Irina dirigiéndose a toda la tripulación allí reunida – Hoy la vais a tener. Igor y Vladimir, os quedareis en el barco y lo tendréis preparado para salir a toda pastilla – Como piloto y mecánico, no eran hombres de acción – Otros cinco hombres se quedarán con vosotros. Nadie puede subir al barco. Si insisten, disparáis. El resto os venís conmigo. Quiero a cinco de avanzadilla y a otros cinco cubriéndonos por detrás, los otros diez conmigo. Si alguien os la el alto, primero disparáis y luego preguntáis. ¡Vamos allá!

Una vez hecho el plan, Sergei comenzó a hacer los grupos con eficiencia. Mientras tanto Irina se acercó a Brais y le dijo:

– Tú irás con la avanzadilla, les guiarás. Si intentas escapar, te dispararán, y mis chicos tienen muy buena puntería. Si no conseguimos hacer esto, o si nos guías mal, te haré a ti el único responsable te mataré aunque sea lo último que haga.

Bajaron del barco de manera ordenada, todos armados y en silencio. Los hombres de Irina sabían lo que hacían. Se cubrían en las esquinas y los muros y siempre tenían a alguien mirando en cada una de las direcciones. Cada uno de los tres grupos avanzaba a una veintena de metros de distancia. Poco a poco, guiados por Brais se fueron internando en el laberinto de almacenes. Eran calles anchas, de cemento y sin iluminación. Los pasos, por muy silenciosos que fueran resonaban en el pavimento. Irina se estaba poniendo de peor humor a cada paso que avanzaban. Ya iba a pegarle un tiro a Brais, cuando el grupo de avanzadilla se detuvo ante la puerta de chapa de uno de los almacenes. Irina avanzó con su grupo hasta allí, donde Brais le dijo:

– Es este. Antes de que lo preguntes, estoy seguro y por si las moscas, estoy completamente seguro.

Irina no respondió. Lo fulminó con la mirada y lo clasificó en su interior como persona non grata, pero no le respondió nada. En cambio, mandó a los dos grupos cubrir las entradas de esa calle y sacó la sierra láser para seccionar limpiamente el cierre. Hecho esto, abrieron los portones y entraron.

Irina casi pierde los nervios al ver a lo largo de ambas paredes dos enormes pilas de sacos, pero Brais los guió al fondo, donde estaban apiladas sus tres cajas. Irina observaba desde una prudencial distancia como se organizaban para cargarlas en carretillas mientras Brais revoloteaba a su alrededor pidiendo cuidado.

Irina salió al exterior para poder respirar algo de aire no viciado, y para tranquilizarse. Ese hombre la ponía de los nervios. Entonces se dio cuenta de que tenía el revolver en la mano. Sin duda tenía que tranquilizarse, todo estaba yendo bien.

Se propuso inspirar y exhalar diez veces para terminar de tranquilizarse, pero al final de su octava respiración un sonido la interrumpió. Todos se pusieron alerta, pero Irina había descubierto el origen del sonido. Era la lenta matraca de un cañón electromagnético y el chiporroteo de un láser, y el sonido venía de los muelles. Enseguida tuvo a Sergei a su lado, y con la calma de quien ya está más allá del ataque de nervios le dijo:

– Están atacando el Valkiria.

Silvestre Santé

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