Pioneros de Égabre – 13

El grupo de Irina se había acercado en silencio al barco. Casi se dan de sopetón con un grupo de policías que como ellos iban a la carrera hacia los disparos, pero al final consiguieron esquivarlos. Se habían refugiado en un almacén cercano e Irina había mandando a un par de sus muchachos para que descubrieran las posiciones de sus enemigos.

Lo que le habían dicho era que los policías se habían agazapado en las calles laterales, las que no podía cubrir el barco, y estaban esperando refuerzos. Por el momento las cosas parecían calmadas, pero en la calle y los almacenes cercanos al barco se podían ver las quemaduras del láser, además de los agujeros de bala del cañón. A mayores, varios cadáveres yacían en el suelo.

A Irina no le había costado practicamente nada preparar un plan de acción. Curiosamente el estado de estrés y extremo nerviosismo en el que estaba tenían un efecto revitalizador sobre su mente. Le daba la sensación de que trabajaba a un ritmo por encima de lo normal. Le habían dibujado un plano, en el que estaban marcadas las posiciones de la policía. Mientras lo estudiaba pudo ver por el rabillo del ojo a Brais acuclillado contra una pared. No quedaba nada de su ironía ni de sus gracietas, ahora estaba pálido y muy serio. “Te está bien empleado chupatintas” pensó Irina, pero ya arreglaría cuentas con él más adelante. Ahora lo importante era salir de esa horrible situación. Irina se prometió a si misma que si conseguían salir de esa, jamás volvería a remontar ese río. Con un último suspiro dejó el improvisado mapa y miró a su alrededor.

Todo el mundo estaba nervioso. Sus hombres manoseaban las armas y no le quitaban ojo a la puerta. Otros estaban en la calle, vigilando por si venía alguien y los más trabajadores habían empezado a montar barricadas con las mercancías que había en el almacén. Irina los llamó a todos para que formaran un corrillo a su alrededor y les explicó el plan.

Era importante actuar rápido, antes de que les llegaran refuerzos y armas más pesadas. Su objetivo era llegar al barco con las tres cajas, así que su prioridad no era matar a los policías. Su plan consistía en abrir un hueco en el cerco, pasar por él a toda pastilla, mientras otro grupo mantenía a raya a la policía. En cuanto llegaran al barco los primeros, harían fuego de cobertura para que la retaguardia pudiera subirse sana y salva al Valkiria. Tras eso, navegar a toda máquina y alejarse disparando. Un plan sencillo pero eficaz. Como siempre Sergei, su segundo, se puso a organizar los grupos e Irina sacó su revolver, comprobó por enésima vez si estaba cargado y se acercó a Brais con el arma en la mano. Caminando hacía él descubrió que mirarlo a la cara la llenaba de ira, así que cuando le habló, lo hizo mirando a la pared sobre su cabeza.

– Tú empujarás una de las carretillas.

Como no le respondía bajó la mirada y se encontró con su mueca de horror. Irina endureció su mirada y se la clavó en los ojos. Tras unos segundos de duelo, Brais se resignó y asintió. “Bien” pensó Irina “Al menos comprende la gravedad de la situación”.

Los grupos ya estaban formados. El grupo principal, el de vanguardia ya estaba apartando las barricadas bajo las órdenes de Sergei, tras ellos estaban las carretillas, una de las cuales llevaba Brais y por último estaba Irina con su grupo, los que se iban a quedar atrás.

Por fin consiguieron apartar todo lo que estaba en su camino y salieron al trote. Recorrieron un par de calles llenas de almacenes y luego se toparon con el cerco de la policía. Estaban mirando hacia el lado equivocado, así que un par de ráfagas bastó para tumbarlos a todos. Lo malo es que los disparos alertaron a los de la calle de enfrente, que se pusieron a disparar. El primer grupo y las carretillas consiguieron pasar, pero el grupo de Irina se vio alcanzado por el fuego y tuvieron que retroceder.

– ¡Vamos muchachos, seguidme!

Irina era un lider nata, y se crecía en los momentos de máxima tensión. Con el revolver en la mano retrocedió y sin pensarlo entró en el callejón aledaño disparando. No se lo esperaban y también cayeron. Irina empezó a correr, y su grupo tuvo que esforzarse para seguirla. Ella sabía que era importante no quedarse atrapados en ese callejón. Emergió a la calle principal desde la que pudo ver como sus hombres ya estaban cargando a mano las cajas en el barco, ya que habían retirado la pasarela para evitar un posible ataque por sorpresa.

Ahora si que estaban en medio del tiroteo. De donde estaban ellos hacia el río los policías disparaban parapetados en las puertas de los almacenes. En cambio, lo que seguía de calle hasta la ciudad todos les disparaban a ellos. Por suerte, en estos momentos de peligro la mente de Irina trabajaba al triple de velocidad y consiguió calcular la situación sin detener su loca carrera.

Modificó su dirección para entrar disparando en uno de los almacenes. Desde allí solo estaban disparando cuatro de los policías, así que les fue fácil tomarlo. A cubierto pudieron tomar aire. Irina recogió el arma de uno de los policías muertos, se había quedado sin balas. La examino y comprobó que era una metralleta de poco alcance. Era un arma barata y que disparaba rápido, pero sería imposible acertar a nadie a más de unos pasos. A pesar de todo se unió a sus compañeros en la puerta para disparar a los que estaban disparando al barco. La situación era extremadamente confusa, y los policías no comprendían lo que pasaba, ya que estaban recibiendo disparos de ambos lados. Esto les restó efectividad, pero las confusiones duran poco tiempo y el grupo de Irina empezó a recibir cada vez más disparos. De pronto, el hombre que tenía a su lado se tiró al suelo. Irina lo arrastró al interior del almacén y comprobó su estado, era Novik y lo conocía casi desde niña.

Su herida era terrible. Una bala le había atravesado la cara de lado a lado, destrozándole la mandíbula. Estaba inconsciente, probablemente se había desmallado por el dolor, pero Irina no podía dedicarle más tiempo. Volvía a la puerta a disparar cuando el estruendo de las armas pesadas del barco volvió a inundar todo el puerto. En esta ocasión a Irina le sonó como un coro celestial.

– Muchachos, Novik está herido, cargadlo y seguidme.

Sin permitirse pensar en lo que iba a hacer salió corriendo, exprimiendo a todo su cuerpo para conseguir velocidad. Ante ella se encontraba el barco, en el muelle, a ambos lados los almacenes, y en su interior los policías agazapados intentando esquivar el potente ataque de las armas del barco. Mirando hacia el suelo de cemento vio horrorizada como las balas levantaban chispas a ambos lados de sus pies y tuvo la seguridad de que en cualquier momento recibiría un impacto. Una carrera de cincuenta metros se le hizo eterna. Le dio tiempo a pensar en Tatiana, su querida madre, en su infancia y en sus primeros contactos con el hampa de Factoría. Empezó a sufrir pinchazos en el vientre, pero ignoró el dolor y a un metro del muelle saltó directamente al barco para caer entre los brazos de su tripulación. Estaba ilesa.

Solo entonces se permitió mirar atrás. Esa calle del puerto era un auténtico campo de batalla. Las paredes estaban llenas de agujeros de bala y quemaduras de láser. El suelo chispeaba por las balas de uno y otro bando que impactaban en él y sus hombres corrían, con las caras sofocadas y como ella, sin mirar atrás. Llegaron todos menos los dos que cargaban a Novik. Se estaban quedando rezagados por su peso.

Irina, ignorando los gritos de dolor que emitía su cuerpo saltó de nuevo al muelle y allí esperó, sin fuerza, o sin valor para dar un paso más. Tras unos segundos que le parecieron una eternidad sus hombres llegaron hasta ella. Una docena de manos agarraron al inconsciente Novik e Irina se acuclilló y les hizó un escalón con las manos para que los dos hombres pudieran subir. El peso de cada uno de ellos hizo crujir cada uno de sus huesos, pero apretó los dientes y resistió. El barco ya estaba en movimiento y otra docena de manos la agarraron del cuello de la chaqueta, de los pelos y de cualquier parte que alcanzaban para subirla de nuevo al barco.

Tras esa triunfal y ridícula segunda entrada al barco, quedó tendida sobre la cubierta, sintiendo aliviada el movimiento y la vibración de los motores. No podía escuchar nada con los cientos de disparos que se intercambiaban a cada momento, pero la vibración sobre la cubierta le decía que ya estaban en marcha.

Con alivio pudo ver como se alejaban de esa maldita tierra cuando toda la ansiedad, el cansancio y el estrés acumulado volvieron a ella de golpe. Por enésima vez en ese maldito día se prometió a si misma no volver a pisar jamás ese lugar.

A la mañana siguiente, el barco ya se encontraba en alta mar. El comedor estaba cubierto de sangre, ya que había servido como enfermería improvisada. A parte de Novik habían tenido otros cinco heridos, y dos muertos, poco para lo que habían pasado. A Brais le daba la sensación de que la lucha había durado horas, pero le dijeron que todo había sido cuestión de un par de minutos. Su parte había sido fácil, empujar la carretilla como si no hubiera un mañana, llegar al barco y agazaparse en la parte más segura. Pero escuchando las conversaciones de los soldados supo que la parte de Irina no había sido tan fácil.

– ¿Tú la viste? Se movía como un rayo. Estaba en un lugar y de pronto estaba en otro. Nosotros la perdimos de vista un par de veces y si no fuera por la cantidad de disparos que recibía el lugar en el que estaba no habríamos sabido a donde dirigir las armas del barco.

– Lo sé, pero también les confundió a ellos. Pudimos ver a varios grupos disparándose entre si. Eso sí, lo que hizo fue una locura. Me sorprende que solo alcanzaran a Novik de su grupo.

– Vosotros no estabais allí – Decía otro que había estado en el grupo de Irina – Fue un riesgo que hubo que correr. Eran muchos, si nos quedábamos quietos nos habrían rodeado. Además, vi sus armas. Es practicamente imposible hacer puntería con ellas.

Por desgracia para Brais, “su parte” no terminó con la lucha. Irina lo encontró y lo sacó de su escondite por los pelos y lo arrastró hasta el comedor, donde estaban los heridos tumbados en las mesas. En cuanto entró, sus pies empezaron a resbalar por toda la sangre que se había vertido. Brais no paraba de repetir que no era médico, pero Irina insistió y le obligó a operar con la punta del revolver pegado a su nuca. Tuvo que exprimirse el cerebro y recordar lo poco que había aprendido sobre el cuerpo humano en unas clases que tuvo de medicina básica al principio de su carrera. Por desgracia, de los tres heridos graves solo había podido salvar a uno, lo que consideraba un éxito teniendo en cuenta que no tenía ni idea de lo que hacía y de que el barco no paraba de moverse de un lado a otro. Por el resto de heridos tampoco podía hacer mucho, sacarles las balas, desinfectarles las heridas y cosérselas. Por suerte todo había terminado.

Respecto a Milos, su función no fue demasiado relevante. Al principio estaba en el barco, tan tranquilo. En cuanto empezaron a sonar los disparos le tuvieron acarreando munición de la bodega a la cubierta. Durante lo peor de la refriega pudo ver como varias balas rebotaban muy cerca de él, y sintió miedo, mucho miedo, pero a pesar de todo en ningún momento pensó que había sido un error huir del asentamiento. En esos momentos se acordó de su tío, y del ruin consejo. Nunca volvería a su tierra, y nunca se arrepentiría de haberse ido.

Cuando pasaron los peores momentos pudo acostarse en el camarote grupal, pero no pudo dormir. Durante toda la noche el olor a sangre inundo sus fosas nasales, y los gritos de dolor de los heridos se metían en sus oídos.

Contra todo pronóstico amaneció. Los hombres se empezaron a levantar. Uno de ellos le dijo que iban a celebrar una ceremonia en la cubierta. Los siguió y emergió a un mundo azul. Estaban en alta mar, no se veía tierra por ningún lado, y el cielo estaba ocupado tan solo por un sol amarillo, que llenaba el barco de luz. Cuando bajó la mirada se encontró con una veintena de rostros serios, y dos cadáveres amortajados. Todos formaron un corro y guardaron silencio. Irina empezó a hablar.

– Lo de anoche os honra. Habéis luchado como leones. ¡Nuestros antepasados, allá en la tierra estarían orgullosos de nosotros! – Todos estallaron en vítores – Pero algunos cayeron. Hoy vamos a despedir a Nikolay y a Siri. Recordad a estos hombres como a héroes. Su sacrificio ha salvado vuestras vidas. Que el mar los acoja en su seno.

Dicho esto, cuatro hombres agarraron ambos cadáveres y los arrojaron por la borda. Acto seguido, apareció en las manos de Irina una botella de vozka, con el que iba sirviendo a toda su tripulación. Milos por vergüenza no se acercó, así que Irina, en cuanto hubo terminado se acercó a él con un chupito en la mano y se lo dio, diciéndole:

– Me han dicho que ayer lo has hecho bien, anda, de un trago.

Milos con un poco de miedo le hizo caso y se tragó el chupito, que le abrasó la garganta. Irina se rió y continuó, poniéndole una mano en el hombro.

– El precio ha sido caro, pero a partir de ahora viviremos una vida más tranquila. Vamos a fundar una industria, y a su alrededor crecerá una ciudad que hará palidecer a la mismísima Factoría, y para ello tú, eres imprescindible.

A Milos ese elogio le supo a gloria, además viniendo de Irina, a la que consideraba una mujer muy dura. No sabía si podrían alcanzar sus objetivos, pero desde luego Milos comprendió que había dejado atrás la infancia, y que con su juventud iba a construir algo que hiciera enorgullecer a su tío Albert.

Silvestre Santé

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