Vías romanas (II)

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Ahora toca hablar de las características de las vías romanas. Una de las principales características de las vías romanas, es el gusto por el trazado a media ladera (como ocurre, por ejemplo, en este camino):

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Esto se debe a motivos estratégicos y también por motivos prácticos, porque de esta forma, salva los arroyos o pequeños ríos cerca de su nacimiento y no necesitan de la construcción de “obras de fábrica” (puentes, por ejemplo). Además, al mismo tiempo, al huir del fondo del valle, también evitan las crecidas del río, y también encuentran un mejor firme, e incluso en tramos montañosos nevados pueden estar protegidas de aludes.

Otra característica es el trazado en línea recta. Se trata de unir dos puntos por el camino más corto. Es una cuestión más teórica que práctica, ya que tienen en cuenta el eje en línea recta, pero los diferentes accidentes geográficos modifican este eje, si bien es cierto que en terreno llano, los caminos romanos sí que eran rectos. Las poblaciones las unen por las vías secundarias, no por las vías principales. Y en zonas montañosas, a veces las vías hacían zigzag.

En cuanto a la anchura, en el siglo V a.C., con la ley de las 12 tablas, existen unas normas muy estrictas sobre el ancho de las calzadas, pero no se cumplen, ya que la anchura dependía de la importancia del lugar por donde pasaban, o de la cercanía de una ciudad. Podemos decir que las anchuras pueden oscilar entre los 1,50 a los 6 metros, y la media se situaría en los 3 metros.

¿Cómo era la Infraestructura de las vías romanas? Las posibilidades de sondeos arqueológicos en vías romanas son limitadas y los resultados son inciertos, ya que es muy difícil encontrar material que se pueda datar para determinar la cronología de la vía. No obstante, hay cantidad de textos literarios que aluden a cómo deben ser construidas las vías romanas, como por ejemplo, Vitrubio, o textos clásicos de algún poeta romano como Estacio, u otros autores como el emperador Juliano o Plinio el Viejo.

En cuanto al sistema de construcción, hasta hace relativamente poco, estuvieron vigentes las teorías de un autor del siglo XVII llamado Nicolás Bergier. Según este autor, para construir una vía romana se hacía lo siguiente: se trazaban las dos fosas laterales con una vaguedad de anchura, luego, entre estas dos fosas, se cavaba el suelo, hasta 1 o 1,5 metros de profundidad, y a continuación, se rellenaba con cuatro capas (ordenadas de mayor a menor profundidad): primera capa, denominada Statumen, compuesta de varias piedras planas mezcladas con mortero y arcilla, segunda capa, denominada Rudes, compuesta por cantos rodados (también llamados guijarros, chinas o chinarros) unidos con mortero y arena, tercera capa, denominada Nucléus, compuesto por una capa fina de tejas o ladrillo mezcladas con cal y arena, cuarta capa, denominada Summum Dorsum, una capa de piedras cúbicas o poligonales, con un peralte central para facilitar el drenaje.

Pero esta teoría no es cierta, el proceso es mucho más sencillo: consistía en abrir unas cunetas, y entre ellas se colocaban capas horizontales realizadas con piedra y tierra, procurando que las piedras más grandes fueran a los bordes y procurando que tuvieran un peralte en el centro. Son contadas las vías que van pavimentadas con losas planas, y cuando esto se produce, se da en pendientes, en los vados y a la entrada de los puentes. El material utilizado es el material local, que muchas veces procedía de la excavación de las propias cunetas.

Además, los romanos utilizaron diversos métodos para reforzar las vías. Uno de esos métodos es la consolidación del suelo natural. Dado el carácter práctico romano, ellos utilizaban los terrenos más apropiados, pero cuando no había esto, los romanos realizaban obras de consolidación. Estos materiales eran colocados directamente en el suelo por lo que era necesario sustentarlo con piedras planas en los laterales (mediante apoyos laterales).

Cuando el suelo natural era poco consistente, excavaban hasta encontrar un suelo más firme y a continuación se rellenaba de piedras y tierra, que con frecuencia, sobresalen del nivel del terreno. En zonas muy pantanosas, se arrojaban piedras y en ellas se fijaban unos pilotes de madera, y sobre ellos, se colocaba un entramado de madera sobre el que continúa la calzada.

Otro método para reforzar las vías era la construcción de terraplenes y muros de sustentación: cuando se realizaba una calzada y se hacía un amontonamiento de materiales, las pendientes naturales se conservaban, por consiguiente, era necesario hacer muros de sustentación, que son muy difíciles de identificar a que época pertenecen.

Otro método es el uso de marcas de rodada: con cierta frecuencia, los romanos en zonas montañosas, abrían trincheras en la roca. En estas trincheras, con frecuencia, quedan marcas de rodada. Resulta difícil saber si estas marcas de rodada fueron hechas intencionadamente o si es el resultado de la circulación de carros.

Además, los romanos hicieron diversos vados para poder cruzar los ríos. El lugar para la construcción se elegía en función de la menor corriente del río y donde el terreno fuera más resistente. Normalmente este vado se revestía de piedra, y se supone que para el tránsito de peatones había una pasarela lateral de madera (aunque esto no se puede demostrar, pues no se conservan restos). Para evitar la fuerte pendiente, el acceso a los vados no se hacía en línea recta, sino oblicua, para guardar una pendiente más uniforme.

Hablemos ahora de los miliarios romanos. Los miliarios acostumbraban a ser columnas de granito de forma cilíndrica. Acostumbran a tener una basa cuadrada y su función era señalar las millas. Acostumbran a señalar las millas al lugar de arranque de la calzada o del término de la calzada.

Los miliarios llevan una inscripción que en principio es muy simple, se indicaba la milla y el nombre del emperador, y posteriormente se complica y se señalan gran cantidad de títulos del emperador, sus filiaciones y la inscripción cubre todo el cilindro. También son artículos de propaganda política, hasta el punto en el que algunos miliarios ya no señalan las millas.

Con frecuencia, aparecen también miliarios anepígrafes. Esto puede ser a que no fueron tallados o que fueron miliarios en los cuales las letras estaban pintadas. Los miliarios en Galicia son abundantísimos, es una de las zonas del Imperio Romano donde más abundan los miliarios desde la época de Augusto hasta el final del Imperio.

La mayoría de los miliarios no están in situ, están reutilizados y eso dificulta mucho hallar el valor métrico de la milla romana. Teóricamente, 1 milla romana es igual a 1500 metros, más o menos, sin embargo las mediciones hechas en Galicia son superiores, incluso por encima de 1600 metros, y a veces no llegan a los 1000 metros, el valor de la milla romana era muy alterable.

Cada cierto tiempo de trayecto, alrededor de las vías romanas había mansiones viarias. Las mansiones viarias eran lugares de descanso en donde se relevaban los correos imperiales, se cambiaban los animales de tiro y servía como posada para los viajeros. Los romanos sintieron predilección por hacer las mansiones donde brotaban las aguas termales. Las mansiones, normalmente estaban separadas entre sí unos 20 km, que más o menos era la distancia que se recorría en un día, aunque en los caminos de difícil tránsito estaban más cerca.

En donde se construía una calzada, los romanos encontraban un lugar donde ubicar las mansiones: si existía un núcleo poblacional anterior, ahí se colocaba la mansión, o si no fuese así, se construía de nuevo y normalmente recibía el nombre de algún accidente geográfico del lugar o del entorno. No sabemos exactamente como eran las mansiones, aunque se sabe que algunas tenían espacios para la alimentación, pequeños baños y termas, etc.

Simón de Eiré

Nota: este texto se basa en apuntes de la asignatura de Arqueología I, impartida por el profesor Jose Manuel Caamaño Gesto, dentro del Grado en Historia de la USC (Universidad de Santiago de Compostela)

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