Del dictado a los apuntes

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Tomar apuntes es todo un arte. Cuando de jóvenes en el instituto escuchábamos hablar a nuestros hermanos o primos mayores sobre lo duro que era tomar apuntes los tomábamos por unos exagerados, pero lo cierto es que no entendíamos nada. En el instituto tenías tus libros de texto donde venía la información necesaria para aprobar la asignatura. Lo máximo que copiábamos era cuando algún profesor tenía que dictarnos el enunciado de algún ejercicio. En aquella época te pasabas todo el día en el colegio y no había prisa, teníamos horas de sobra, así que el profesor se ponía a dictar con parsimonia, advirtiéndonos de las comas y los puntos ¡Incluso los más majos nos avisaban cuando había que poner tildes!

Todo esto cambió al llegar a la universidad, y no solo eso, si no que cambió de golpe. Un buen día estabas en un aula sentado en tu pupitre, y casi sin darte cuenta te encuentras en una de esas inmensas aulas que abundan en las facultades, con el profesor subido en una tarima y utilizando un proyector. Este cambio se acentuó más con la llegada del grado, en el que hay que meter una carrera de cinco años en tan solo cuatro. No hay tiempo para nada y necesitas tomar apuntes, pero no tienes ni idea de como va la cosa así que en primero llegas a la clase con tu bolígrafo y tu libreta y comienzas a copiar todo lo que el profesor dice.

Enseguida comprendes que las cosas no van bien. Para empezar, ya no queda ni rastro de tu impoluta letra, cuando el profesor hace una pausa y puedes respirar, miras lo que has escrito y se parecen más a jeroglíficos que a letras. Además, percibes con horror que se te han escapado montones de cosas y tus apuntes están llenos de huecos donde deberían ir términos importantes. Comienzas a entrar en pánico, pero te relajas pensando que ya lo corregirás en casa. ¡Error! Al llegar a casa te das cuenta de que no tienes libro de texto por el que mirar, vas a las diapositivas que subió el profesor y te las encuentras llenas de esquemas, dibujos, pero nada de información útil. Aun así no desfalleces. Al día siguiente vas a la biblioteca y coges un grueso tomo de la asignatura en cuestión. Es inútil. Para empezar la letra microscópica no ayuda, pero es que además en el libro te encuentras información muy por encima de tu nivel, te das cuenta que para encontrar lo que el profesor dio en clase en una hora te tienes que leer quinientas páginas muy densas.

Al final, con mucho sudor consigues completar tus apuntes. Respiras tranquilo y te prometes que esto no volverá a ocurrirte. Llegas a la clase de la siguiente asignatura y descubres con horror que para empezar el profesor no va a subir las diapositivas. Aún encima habla a la velocidad del rayo y casi no se le entiende. Sabes lo que sufrirás si no tomas buenos apuntes así que te pones manos a la obra. De tu bonita y cuidada letra ya te olvidas, lo siguiente en caer es la ortografía. Es más difícil encontrar en acento en tus apuntes que agua en el Sahara. No solo eso, poco a poco vas adquiriendo abreviaturas personales que solo tú entiendes. Las más comunes son / para mente, el q para que, el = o el >. También están los sinónimos. Por ejemplo si el profesor dice utilizar tu escribes usar, que es más corto.

El tiempo va pasando y poco a poco te vas adaptando a la nueva y terrible situación. Cada vez más vas advirtiendo patrones entre los distintos profesores. Yo tuve uno que usaba un tono distinto cuando estaba hablando de cosas sin importancia y otro tono más grave cuando decía algo que había que copiar. Otro hablaba muy rápido, pero siempre repetía lo mismo dos veces con distintas palabras. También está el clásico que cuando no hace falta copiar está hablando mientras pasea de un extremo a otro del estrado, pero cuando algo es importante se queda quieto y habla con la vista fija en sus alumnos. Cada profesor tiene sus pequeñas manías que los alumnos tras días de observación podemos llegar a comprender.

Todas estas dificultades son maravillosas cuando muy de vez en cuando llega un profesor que incluye toda la información en las diapositivas ¡Y que además las sube! Pequeños milagros que le hacen la vida más fácil al alumnado.

Pero ya sin bromas, creo que el profesorado en general debería replantearse para que da las clases. Los hay que parece que simplemente están dando al alumno un resumen por el que estudiar. Parece que esos no saben que ya no hacen falta escribanos, que hay fotocopiadoras y ordenadores. Todas las horas de esas asignaturas nos las podríamos haber ahorrado simplemente con que el profesor hubiera subido un archivo con toda esa información. En mi opinión las clases están hechas para comprender las cosas. Tú vas allí para que un profesor te explique algo. Obviamente no vas a salir de la clase sabiéndolo, pero en cuanto llegues a casa y lo estudies te será mucho más fácil. Tampoco estoy en contra de que no se escriba nada durante la clase. Tomar un par de notas de lo realmente importante está muy bien, siempre y cuando el hacerlo no te impida seguir el hilo del razonamiento que está haciendo el profesor.

En fin, no hay un profesor perfecto, mientras tanto, siempre nos quedará patatabrava.

Silvestre Santé

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4 thoughts on “Del dictado a los apuntes

  1. Me parece francamente lamentable que el mundo evolucione pero la enseñanza -¡también la universitaria!- permanezcla anclada en siglo XIX. Recuerdo haber dado un par de clases en un seminario de creatividad publicitaria. Llevaba los apuntes redactados e impresos y los repartía antes de empezar la clase, prefería que mis alumnos me escucharan y tomaran tota de algún matiz a que se pasaran el tiempo tomando apuntes taquigráficos como posesos.

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  2. Yo gracias a los apuntes, logré tener letra de médico, o sea, desastrosa 😦 Obviamente, todo debería de cambiar, en consonancia con tu buena entrada, pero la mentalidad universitaria también: no sólo una carrera es necesaria para poder tener una pequeña oportunidad para trabajar; también es importante saber que los compañeros de trabajo no son los de clase, y eso, no lo enseñan los apuntes sino los años y la perspicacia. Quiero decir que estudiar no es sólo coger apuntes, sino aprender de las batallitas de abuelo que dan los profesores. Que por algo las darán. Saludos!

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