La independencia de Brasil

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En los procesos independentistas de cualquier país, existen tanto diferencias como similitudes con otros países. Las diferencias radican en el propio proceso, y para el caso de Latinoamérica, y dentro del ámbito hispano y el portugués, las similitudes se encuentran en los precedentes de ambos procesos colonizadores, que son comunes. Eso explica que del lado de América que había sido de España los nuevos países que surgen sean repúblicas y que Brasil sea una monarquía en el momento de su independencia.

Brasil había sido “descubierto” (evidentemente, hay que tener cuidado con este término) por los portugueses. En 1494 se pactó el llamado tratado de Tordesillas, por el cual se dividía mediante un meridiano ficticio las zonas de influencia de España y Portugal, tras la lucha por la conquista del Atlántico. El navegante Pedro Álvares Cabral, por una deriva de las corrientes, llega a Brasil en el año 1500. Por lo acordado en el Tratado de Tordesillas, el territorio brasileño quedaba en manos portuguesas.

Sin embargo, Brasil estuvo un poco abandonado al principio, Portugal no llevó a cabo un proceso de colonización tan intenso como lo había hecho España con sus colonias, porque Portugal tenía mucho más interés en Asia, donde tenían plazas importantes (Macao, Islas Molucas, costas de China,…) para realizar un importante comercio, hasta que en el siglo XVII Portugal se empezó a interesar por Brasil.

Los diferentes modelos revolucionarios hispanoamericanos que surgieron durante las independencias de las colonias y que dieron lugar a las diferentes naciones, destacan por su expresión violenta. Sin embargo, lo que ocurrió en Brasil, cuya transición de colonia portuguesa a Imperio, puede considerarse pacífica y, además, atípica, fue un fenómeno poco habitual en este contexto.

En el siglo XVIII, y en términos generales, Portugal era mucho más atrasado económicamente que España, algo que llama la atención puesto que Portugal debería haberse promocionado como país gracias al control de los mercados asiáticos y americanos. No obstante, su provecho solo revirtió en las élites, en la corte real, y en Gran Bretaña, país con el que Portugal mantenía (y sigue manteniendo a día de hoy) vínculos económicos muy fuertes.

Los productos coloniales que Portugal obtenía de Brasil (azúcar, algodón), se reexportaban sistemáticamente, puesto a veces esos productos ni siquiera desembarcaban en Portugal, sino que en los puertos de Lisboa u Oporto esperaban barcos ingleses por esa mercancía. El fin de esto era el de equilibrar la balanza de pagos de Portugal con Gran Bretaña, pues Portugal se convirtió en consumidor de lo que fabricaba Inglaterra, de los productos manufacturados ingleses hechos con la materia prima exportada de Brasil.

Las corrientes ilustradas en el siglo XVIII llegaron también a Portugal y Brasil y, en la segunda mitad del siglo XVIII, los ministros ilustrados que gobernaban junto con la dinastía Braganza, analizan la situación. Está claro que el contexto mundial había cambiado, y que la emergencia de Inglaterra como potencia naval e industrial era incontestable en aquel momento.

Dada esta situación, el marqués de Pombal, ministro portugués, y sus colaboradores, pusieron en marcha una política reformista, conocida como las reformas pombalinas. Estas reformas, igual que las borbónicas en España, buscaban una modernización política y administrativa, y paliar esa gran dependencia que tenia Portugal con Gran Bretaña. Así empezó un proceso de mayor control de Brasil, que hizo centralizar la administración y subir la presión fiscal.

Además de algodón, Brasil era un importantísimo productor de azúcar, una vez agotado el oro, pero se fueron descubriendo nuevos focos mineros. A finales del siglo XVIII, la economía del azúcar de Brasil está en pleno auge, unida a la producción temprana de café. El azúcar lideraba los sectores económicos. Esto en parte fue gracias a la bajada de producción de Haití en su periodo de independencia en 1791, seguido de una liberación de esclavos negros, que provoca un crecimiento de la economía del azúcar en Brasil, que hasta ahora era la segunda potencia productora de azúcar, y se beneficia por su mayor capacidad territorial respecto a Haití. La dinastía de los Braganza domina Brasil, no estaba atada a lazos familiares como ocurría en España.

Otro factor es la explosión demográfica de Brasil a finales del siglo XVIII, creciendo a un ritmo muy superior al de la metrópoli, gracias a la reproducción de los esclavos, unos inmigrantes forzosos que se reproducen sobre el suelo que habitan. Brasil se convirtió en uno de los lugares donde la esclavitud negra se ejercía de manera más mayoritaria.

Esto genera temor entre las elites criollas de Brasil, pues sabían lo ocurrido en Haití. El temor social hizo que las elites criollas de Brasil y las elites portuguesas mantuvieran una entente cordial por temor a la ruptura de la paz social que para ellos significaba el mantenimiento de la economía esclavista. A pesar de esto, el grado de descontento de las elites de Brasil era algo menor que en el lado hispanoamericano, pero las reformas pombalinas también fueron vistas con temor.

Hay autores que para el caso brasileño vieron precedentes de revueltas en el siglo XVIII, atisbando un cierto sentimiento de presión colonial por parte de la metrópoli. Los intelectuales criollos también viajan por Europa y querían una mayor participación política. Cuando los brasileños visitaron la metrópoli, les llamó la atención lo atrasada que estaba su metrópoli, y no se explicaban porqué las riquezas que sacan de Brasil no revertían en Portugal, con tanto azúcar, diamantes y oro que sacaban. A finales del siglo XVIII, hubo algunos movimientos antiportugueses, como pasó en las colonias hispanoamericanas.

Esta era la coyuntura cuando llegó el siglo XIX, cuando se produce el detonante que fue compartido con el caso español, la expansión del imperio napoleónico, pero de consecuencias muy diferentes. Al pasar Napoleón por España, los reyes portugueses serían alertados del peligro que podían correr, ya que Napoleón planeaba invadir Portugal a través de España. Una manera de salvar la corona portuguesa de la amenaza napoleónica, planeada por Inglaterra, sería abandonar la metrópoli toda la familia real e irse a Brasil, pero otros 15.000 portugueses salen detrás, miembros de elites, comerciantes, intelectuales, artistas,… en un abandono por dejación del país. Además, lo hacen escoltados por la Royal Navy en 1808.

El rey Juan VI de Portugal estaba casado con Carlota Joaquina de Borbón, hermana de Fernando VII de España, mujer más absolutista incluso que su hermano, perteneciente a la línea del Antiguo Régimen, horrorizada con cualquier idea o motivación liberal que pudiese poner en peligro el trono de la familia Braganza. También pretendía que hubiese una unión dinástica, aspiraba a ser emperadora de gran parte de América del Sur. Es la representación de una oligarquía absolutista, conservadora, que teme a cualquier reforma liberal que a comienzos del siglo XIX ya se está produciendo.

La familia real lleva al heredero de la corona, el príncipe Pedro, que llega a Brasil con nueve años, y en Brasil va a crecer y mucho más que bajo el influjo de su madre, va a crecer bajo un tutor criollo brasileño, ilustrado, liberal, que influye muy claramente en su educación.

Lo primero que hace la monarquía portuguesa es trasladar la capital a Río de Janeiro, un lugar mucho más central en la geografía brasileira, desde donde se empieza a gobernar la colonia y la metrópoli. Lógicamente desatienden más los asuntos portugueses, que controlaban los ingleses. Fue una especie de metropolización atípica de la colonia, la colonia no deja de ser colonia jurídicamente, pues depende de Portugal.

Pasado un tiempo, el rey Juan VI tiene que volver a Portugal, porque en España se promulgó la constitución de Cádiz, y los liberales portugueses quieren imitar a los españoles, y acusan al rey de estar fuera, además de ser absolutista. En España ya volvió Fernando VII, y la Santa Alianza apoya los retornos de las monarquías absolutas.

Por necesidades metropolitanas, el rey retorna a Portugal, y el niño Pedro que creció como heredero de Portugal, pero con influencia criolla, queda en Brasil. El rey en 1822, y una vez asentado en Portugal, llama a su hijo para que regrese, pero su hijo Pedro le escribe una carta titulada “eu fico aquí meu pai”, diciendo que se queda en Brasil. Pedro se siente mucho más identificado con los intereses brasileños, se proclama a sí mismo emperador de Brasil y proclama a Brasil independiente en el llamado grito de Ipiranga de 1822 (Ipiranga: localidad donde estaba en ese momento en el primer emperador de Brasil Pedro I).

Hubo alguna reyerta, pero realmente corrió muy poca sangre. Pedro I será el primer emperador de Brasil, y se casa con Leopoldina de Austria. Este proceso que políticamente es diferente al que se produjo en las colonias americanas, determina que Brasil se configure como una monarquía imperial, que domina todo el siglo XIX brasileño, dejando una serie de secuelas.

A nivel interno, en Brasil esta situación atípica genera una mayor estabilidad social, la ruptura del pacto colonial fue mucho menos abrupta que en el caso español. Pedro se proclama emperador de Brasil, pero también sería rey de Portugal cuando el rey Joao muriese. Era una ruptura similar, pero mucho menos brusca, casi no hubo violencia ni fragmentación política.

En 1808 Portugal se traslada a Brasil, año en el que en las colonias hispanoamericanas se crean ya las Juntas, dando lugar al inicio de los problemas bélicos por la independencia de las colonias. En Brasil, la situación es mucho más pacífica porque está la corte. En 1822, la mayor parte de las colonias hispanoamericanas ya son independientes.

Carlota Joaquina de Borbón, aprovechando el contexto bélico que hay en el lado hispanoamericano, donde la independencia no fue un proceso fácil puesto que no solo luchaban contra la metrópoli, sino también entre sí mismas (Río de la Plata, con Uruguay y Argentina), quería expandirse hacia el sur, hacia el actual Uruguay, más fiel al bando realista por la presencia militar, tarda más tiempo en liberarse de la dependencia española, pero tampoco quiere depender de la nueva Argentina, y en ese momento, Brasil, con tropas portuguesas mandadas por el rey Juan VI, invaden Uruguay, que pasa a ser la Provincia Cisplatina de Brasil.

Pedro llega a ser coronado también rey de Portugal como Pedro IV de Portugal. Se descubrió un complot en el que los liberales españoles y portugueses fraguaban para que don Pedro hubiera podido ser un monarca en toda la Península Ibérica. La madre de Pedro quería lo mismo pero bajo el signo absoluto. Posteriormente, empezó a apoyar a otro hijo, con aspiraciones absolutistas, quien posteriormente acabará siendo coronado como Miguel I de Portugal.

Diferentes avatares políticos hacen que Pedro I de Brasil y IV de Portugal, abdique del título de emperador de Brasil, para entregárselo a su hijo, que será coronado como Pedro II de Brasil (la corona portuguesa pasará a manos de la que será María II de Portugal, también hija de Pedro I de Brasil y IV de Portugal, la segunda y última mujer que hubo en el trono portugués), y que gobernará con ese título hasta el año 1889, cuando se produce un golpe de Estado por parte de un grupo de militares, que instaurarán una república, la conocida en la historiografía brasileña como “Vieja República” de Brasil.

Simón de Eiré

Nota: este texto se basa en apuntes de la asignatura de Historia de América I, impartida por la profesora Pilar Cagiao Vila, dentro del Grado en Historia de la USC (Universidad de Santiago de Compostela)

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