Sed de venganza 1


– Mi hijo era un buen chico, a pesar de su juventud no había cometido ninguna estupidez, y sin embargo, ahora estamos en su entierro. Mi hijo tampoco era un héroe, no quería cambiar el mundo, pero ahora está muerto. Quizá no debería decir esto en una iglesia, pero odio a los asesinos de mi hijo, y también odio a los policías que pudiendo evitar su muerte se escondieron detrás de la burocracia, ya sea por cobardía o por corrupción – Dicho esto, la mujer bajo del altar y se sentó en su banco, con los ojos rojos pero sin derramar una sola lágrima.

Lem se encontraba en la última fila de la iglesia relamiéndose por dentro. Acababa de ver a una mujer con sed de venganza, exactamente lo que estaba buscando.

Lem estaba acostumbrado a acudir a entierros. Siempre que había un atentado, un asesinato, un ajuste de cuentas, cualquier cosa relacionada por el PIR, el partido igualitarista radical, un grupo terrorista que hacía ya dos años había asesinado a sus dos hijos y a su mujer en un atentado con bomba dirigido contra un político. Desde entonces solo le había movido la sed de venganza, pero Lem era un hombre paciente, y listo. Sabía que necesitaría apoyos, gente con tanto odio dentro como él mismo… y acababa de hacer una nueva amiga.

La ceremonia terminó y Lem se levantó y salió, mezclándose con la multitud. Esperaría unas semanas, y si seguía manteniendo ese odio, iría a tener una breve charla con ella, pero antes, se aseguraría de no romper el código de oro, no reclutar a nadie que no fuera necesario. La investigaría a fondo, y averiguaría si esa mujer podría solucionar alguno de los acuciantes problemas que tenía su organización, mientras tanto, la dejaría tranquila.

Lem llegó a su casa derrotado, los entierros siempre le daban ganas de dormir, pero antes se armó de valor para encender el ordenador. En cuanto lo hizo, le salto la notificación del correo electrónico. Abrió el mensaje y se encontró con una serie de números sin sentido. La única pista era la dirección de correo, que contenía la palabra borrasca.

Era suficiente, se levantó y cogió la novela cumbres borrascosas de la estantería. La sucesión de números era una clave. El primer número era la pagina, el segundo la linea y el tercero la palabra. El receptor y el que emite el correo tienen la misma edición del libro, de esta manera no hay lugar para un error. Lo malo es el tiempo que se tarda en descifrarlo.

Lem, a pesar de que ya debería estar en cama cogió lápiz y papel y se puso manos a la obra. A medida que iba transcribiendo el texto se le iban quitando las ganas de dormir. Era algo completamente inusual, ya que el texto consistía en unas coordenadas a las que tenía que acudir, donde lo recogería un taxi. El mensaje no incluía más información, pero Lem sabía que su organización a menudo usaba taxis para entregas de material. El mecanismo consistía en dejarse olvidado una maleta o maletín en un taxi, habitualmente con la colaboración del taxista, para que el próximo viajero al bajar se lo llevara como si fuera suyo. Era un método sencillo, práctico y sobretodo, nada sospechoso.

El procedimiento era habitual, lo extraño era que le encargaran a el uno de esos cometidos, ya que Lem era reclutador. Cuando lo habían reclutado a él, tras la traumática perdida de su familia habían llegado a la conclusión de que era lo más indicado. Tenía unos modales exquisitos y acostumbraba a vestir elegantemente ya que trabajaba en una sastrería que atendía a gente de la alta sociedad. Además de ello su cabello encanecido y su mirada honesta hacían fácil confiar en él. De hecho, en lo que llevaba de actividad la única relación que había tenido con la organización eran correos cifrados como ese en el que le proporcionaban listas de necesidades. Si conseguía reclutar a alguien capaz de cumplir esas necesidades simplemente le daba los datos a la organización, que era la que se encargaba de contactar, pero eso ya no era asunto de Lem.

Lem se puso a pensar en que significaba exactamente ese mensaje. Siendo optimista significaría que tenían un trabajo para que reclutara a alguien importante, pero pensándolo mejor, eso no tendría sentido, ya que podían hacerle llegar los datos con el correo cifrado. Poniéndose más pesimista quizá la organización tuviera para él un nuevo trabajo, lo que serían malas noticias ya que seguramente un nuevo trabajo significaba peligro, pero reafirmándose, Lem llegó a la conclusión de que haría todo lo que le pidieran. Pero aún quedaban otras posibilidades, más paranoicas. ¿Y si alguien había interceptado sus correos y los estaba usando para concertar citas en las que eliminarlos uno a uno?

Lem no era un hombre valiente, tembló por dentro, se acostó y se tapo con las mantas como cuando era pequeño y tenía pesadillas, pero llegó a la conclusión de que la única forma de salir de dudas era acudiendo a la cita.

Silvestre Santé

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