Mario sabe cosas – 1

I

– Tenemos que salir de aquí – Dice el pequeño Mario.

Obviamente yo no le hago caso, en primer lugar porque es un mocoso que todavía no sabe ni atarse los cordones y en segundo lugar, porque estamos encerrados. No se puede salir, y a todo el que lo intenta le meten en el cuarto oscuro.

Por desgracia Mario sigue plantado frente a la puerta de mi cuarto limpiándose los mocos con la manga de la camisa. Miro a mi alrededor y veo que casi todas las literas están vacías y las pocas chicas que hay en la habitación están cuchicheando en una esquina. Intento ignorarlo mirando fijamente al techo, pero es inútil.

– Hay un chico grande que puede ayudarnos.

Se me acaba la paciencia, así que le grito desde la litera.

– ¡Cállate mocoso!

Ha sido una mala idea. Las chicas que cuchicheaban al fondo se han callado y ahora nos miran a nosotros y se ríen. No es nada nuevo para mí, pero una vez más me entran unas ganas incontrolables de llorar. No quiero que me vean, así que bajo de un salto de la cama y agarro a Mario de su manga manchada de mocos para llevármelo al pasillo. Una vez allí pienso rápido y me dirijo al baño de chicas, porque lleva varias semanas estropeado y se que nadie va a entrar allí. Abro la puerta tan solo una rendija para no romper el precinto y me cuelo dentro. Por supuesto, Mario me sigue. Me siento en el suelo, y con la espalda pegada a la pared comienzo a llorar. Mario está delante de mí, de pie y sorbiéndose los mocos. Le envidio, a él nada de esto le afecta porque es un niño, pero yo ya he crecido y desde hace un tiempo todo es peor. Para empezar, desde que me crecieron los pechos los chicos ya no quieren ser mis amigos, y las chicas se han vuelto más crueles que nunca. Por las noches me consuelo diciéndome que tienen envidia de mi poder, pero ni yo misma me lo creo. Al menos ahora ya no me teletransporto involuntariamente por las noches. Ojala pudiera teletransportarme fuera de aquí, de nuevo a mi casa, con mis padres, antes de que empezaran a tener miedo de mí. Por desgracia solo puedo saltar, es decir, moverme a un sitio que este viendo y que no este a más de unos metros.

– Luci, tienes que conocer al chico grande, y podremos irnos – Dice cortando el hilo de mis pensamientos.

– Me llamo Lucía.

– Vale – Responde, a pesar de que sé que volverá a llamarme Luci.

De nuevo espera frente a mí, pero yo ya me he calmado, así que le respondo.

– Eres un niño tonto, sabes que no se puede salir ¿Quieres que te metan en el cuarto oscuro?

Mario se ríe, porque es un niño estúpido que piensa que no le puede pasar nada malo.

– No me van a meter en el cuarto oscuro, nos vamos a ir, lo sé.

Esa era la peculiaridad de Mario, él sabía cosas, pero como era un mocoso yo no me fiaba de él, a pesar del inquietante número de veces que acertaba.

– ¿Y como estás tan seguro, niño listo?

– Porque hay un chico nuevo, uno grande, y los mayores aun no saben lo que hace, pero yo sí.

– ¿Y que hace?

Ante mi pregunta, Mario pone cara seria, como si de repente se diera cuenta de algo.

– Mmm… Pues no lo se.

Y ahí está, de nuevo la genialidad de Mario, el saberlo todo sin saber nada. Era inútil.

– ¡Ya sé! – Grita de pronto Mario, mientra sale corriendo de los lavabos.

Pienso que me ha dejado sola, por fin, pero unos minutos más tarde escucho ruidos en la puerta. Se abre y Mario se cuela por la rendija mientras arrastra por el brazo a un chico gordo, pero el chico no cabe por el hueco. Parecen parte de un dúo cómico, con Mario tirándole del brazo y el chico intentando meter barriga, hasta que al final, se rompe el precinto y los dos caen al suelo.

– ¡Seréis estúpidos! – Les grito – Ahora sí que nos va a caer una buena bronca.

Mario, como habitualmente, me ignora completamente. Se pone de pie, y señala al chico diciéndome:

– Este es el chico grande, se llama Bruto.

– Bruno – Le corrige el chico – Y lo siento.

Parece avergonzado de verdad, así que lo dejo pasar.

– Bueno, ¿Y que es lo que sabes hacer? – Le pregunto.

– ¿Hacer? – Me responde, confuso – Yo… no sé a que te refieres.

Miro a Mario, iracunda, y este regaña al chico diciéndole:

– Pero sí que sabes, ¿Te acuerdas cuando eras niño? ¿Lo de los platos?

– ¿Cómo sabes eso? – Pregunta Bruno, asustado.

– Él es así – Respondo yo – Sabe cosas, pero no se lo digas a nadie, es un secreto.

– Aquello fue involuntario – Dice Bruno.

– Oh no Mario ¿Es un involuntario?

– Que no, que no. Antes si que lo era pero ahora puede controlarlo.

– Nunca lo he hecho.

– Pero puedes hacerlo, vamos, intentalo con la taza del inodoro – Le dice Mario mientras le conduce por el brazo.

Bruno parece indeciso y a punto de negarse, pero entonces yo le interpelo, con tono autoritario:

– Hazlo.

Y lo hace. Se acerca al inodoro, lo mira fijamente, coloca una mano en su lateral y cierra los ojos. En primer lugar surge una grieta, que muy lentamente se va extendiendo. Entonces Bruno abre los ojos y el inodoro se rompe en mil pedazos. Los tres nos quedamos mudos, hasta que Mario, con sorna rompe el silencio, cantando con su voz infantil:

– Ya te lo dije, ya te lo dije…

Sigue así un buen rato, Bruno sigue mirándose las manos, y yo pienso al doble de velocidad de lo que es habitual.

II

Los tres estamos en una esquina del cuarto de chicos. Yo tengo prohibida la entrada ahí, pero como es hora de patio, todos los chicos han salido. Estamos aquí porque creemos que tras la pared del fondo está la calle. Nuestra primera idea fue salir por las puertas, o por una ventana, pero luego caímos en la cuenta de que todas esas salidas obvias tendrían alarmas, y necesitábamos unos minutos de ventaja si queríamos conseguirlo.

– Bruno, hazlo en esa esquina, detrás de la litera, así tardarán más tiempo en verlo – Le digo.

Se pone de rodillas detrás de la litera y apoya las dos manos contra la pared. Cierra los ojos y empiezan a aparecer grietas en la pintura. Multitud de grietas empiezan a extenderse radialmente desde el punto en el que Bruno apoyó las manos, pero se están extendiendo demasiado, solo queremos hacer un agujero para salir, no tirar el edificio abajo.

– Bruno, ¡Ya! – Le grito mientras le agito el hombro.

Bruno, desconcentrado, abre los ojos y un pedazo de la pared se hace añicos haciendo saltar pedacitos de ladrillo naranja por todos lados.

– Yo primero – Grita Mario colándose por el agujero.

En cuanto pasa le indico a Bruno que pase. Lo hace con dificultad, se roza contra los bordes de ladrillo, pero lo consigue. A continuación me cuelo yo y por fin, ya estamos en la calle. Mario está dando saltitos de alegría. Así que lo agarro y le digo:

– Vamos a caminar sin correr por esa calle – Es una calle cualquiera, pero se aleja perpendicularmente del sitio del que acabamos de salir, así que está bien – Tú, Mario, cógete de mi mano. Tú Bruno, síguenos unos pasos por detrás, que no piensen que estamos juntos.

Comenzamos a caminar así por esa calle poco concurrida. Hay unos pocos coches aparcados y no hay nadie caminando. Es una suerte, porque así podemos pensar en nuestro próximo paso.

Obviamente necesitamos escondernos, llevamos el uniforme del centro, así que los que nos buscan lo tendrán fácil para encontrarnos. La calle se acaba, y decido girar por otra calle al azar. Se nos acaban las opciones, los minutos pasan y se que pronto saldrán a buscarnos cuando encuentro la que será nuestra salvación. Aparcado unos metros más adelante hay un pequeño camión. Parece viejo, pero está rotulado con el nombre de una empresa y una dirección. Yo no tengo muchos recuerdos antes de entrar en el centro, pero recuerdo que esa ciudad no es la misma en la que está el centro. Si conseguimos colarnos dentro, tarde o temprano nos sacará de la ciudad.

Cuando llegamos a la altura del camión me detengo y les explico mi idea. El único problema es conseguir abrir la caja del camión. Bruno podría romper la cerradura, pero entonces el conductor se daría cuenta de que algo andaba mal. Mario se acerca a la cabina e intenta abrir la puerta, no funciona y dice:

– Sería demasiado fácil.

Bruno y yo nos miramos, por supuesto, yo puedo saltar dentro, el problema es que no puedo cambiar de posición mientras salto, si salto de pie, apareceré de pie dentro de la cabina del camión, y me haré daño, o me materializare con una chapa atravesándome el tobillo. Por otra parte, si lo hago sentada, no podre ver el interior del camión y no podré saltar.

– Tengo una idea – Digo mientras me siento y me hago un ovillo en el suelo – Bruno, cógeme y súbeme hasta la ventanilla del camión.

Intenta hacerlo agarrándome por los hombros, pero obviamente es incapaz. Lo que ocurre es que Bruno es un chico tímido, y la única manera eficaz de hacer esto es que me aúpe sosteniéndome por el trasero.

– Hazlo Bruno, no pasa nada – Le digo para tranquilizarlo.

Finalmente lo hace y yo me concentro y salto. Un segundo antes estaba en la calle, y ahora estoy en el asiento del copiloto, hecha un ovillo. Me estiro y suspiro porque todo haya salido bien y empiezo a rebuscar. No esta demasiado limpio, el cenicero está lleno de colillas, bajo los parasoles y tampoco hay nada. Abro la guantera y empiezo a revolver en el montón de papeles que hay dentro hasta que toco algo duro y frío. Un llavero con una sola llave. Por probar no pierdo nada. Abro la puerta desde dentro y me bajo del camión. Los tres nos juntamos bajo el portón trasero, y con un suspiro introduzco la llave en la cerradura. Funciona. Nos permitimos un momento de júbilo y subimos al camión, cerrando el portón detrás de nosotros.

– Ahora solo queda esperar – Digo, recalcando lo obvio.

Tras varias horas esperando por fin se escucha la puerta de la cabina abrirse, y tras unos segundos, el motor arranca y nos ponemos en marcha. Tanto Bruno como Mario que estaban dormidos se despiertan y nos sonreímos unos a otros en la casi completa oscuridad, agradecidos por que no haya decidido mirar atrás.

Silvestre Santé

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